viernes, octubre 13, 2017

martes, octubre 10, 2017

Guardia de cine: reseña a «Mujercitas»

Título original: «Little Women». 1949. EEUU. Color. Tragicomedia. Dirección: Mervyn LeRoy. Guión: Andrew Solt, Sarah Y. Mason y Victor Heerman, basándose en la obra de Louisa May Alcott. Elenco: June Allyson, Peter Lawford, Margareth O’Brien, Elizabeth Taylor, Janet Leigh, Rossan Brazzi

«Mujercitas» es un filme que ahonda en el amor fraternal y en la odisea personal de cuando se accede a la edad adulta

Alguien que yo me sé, que sigue con desquiciante atención esta Guardia de cine, no me perdonaría el que obviara mencionar que «Mujercitas», en su versión de 1949, junto a otras cintas como «Sonrisas y lágrimas», es la típica película que se raya en el polvoriento reproductor del aula de audiovisuales de cualquier colegio de monjas que se precie, quizá por su blancura (que no alcanza el punto ñoño) y la bondad que irradian todos y cada uno de los personajes que pueblan esta historia; virtud ésta última que, en teoría, se ha de inocular a los estudiantes de dichos centros, aunque, bien es cierto, dar entre esas paredes con alguien bondadoso, sobre todo entre el profesorado, es tan habitual como el dar con una esquina en la que no se acumule el polvo.

Esta adaptación de la obra literaria de Louisa May Alcott es la más reconocida por su calidad interpretativa y por su capacidad de llegar a emocionar al espectador, aún cuando éste sea un ciudadano gris en un mundo famélico de sentimientos positivos; un cuento, a veces exagerado en extremo, cuyo protagonista principal es la carismática y divertida Jo March quien, armada con su inteligencia y descaro, se gana al público desde los primeros encuadres. Y sobre Jo gira toda la historia, tejiéndose a su alrededor una vida familiar a la que Jo se aferra con uñas y dientes, en un deseo vano de no enfrentarse jamás a la crueldad del mundo de los adultos y temerosa del amor que le profesa su vecino, Laurie; aún así, Jo se verá obligada a iniciar un periplo hacia la madurez, momento en el que la cinta se divide en dos, y decide poner rumbo a Nueva York y ejercer de institutriz, dejando atrás un hogar en aparente descomposición para ella tras el matrimonio de una de las hermanas.

En la gran ciudad, Jo, junto a un inesperado compañero, bajará la guardia ante la madurez para recibir el duro golpe de la enfermedad de Beth, la hermana menor, quien se enfrenta a su nefasto destino con una entereza impropia de su edad, pero, ¿qué edad es la apropiada para formarse una coraza ante el dolor más cruel?

La obra de Alcott bebe de forma nada velada de las tramas de Jane Austen. Jo es una especie de Liz Bennet en casa de las Dashwood; la reina en un tablero, obligada a brillar, pero Jo huye constantemente a las profundidades de sus novelas, a sus recuerdos de infancia o a la gran Nueva York; mas, por suerte, Jo vuelve a ser feliz, recuperando su hogar, transformado y reforzado a fuerza de dolor y nuevos amores.

La película se deja ver con agrado y, como adelanté, se guarda mucho de llegar a convertirse en una patraña de soez ñoñería, no debiendo uno sentirse malamente embriagado por el exceso de azúcar transformado en alcohol puro y sensiblero. Es divertida y cargada de buenos sentimientos, de esos que explotan en nuestras retinas y oídos como fuegos ratifícales en fechas señaladas, pero que se queman y extinguen en nuestras vidas con demasiada facilidad. Una película que ahonda en el amor fraternal y en la búsqueda de uno mismo.

Lectura de 10 de Octubre de 2017 a las 1200 horas



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10 de Octubre de 2017



jueves, octubre 05, 2017

Entrevista a Montserrat Claros con motivo de la publicación de su novela «El periplo del talismán»


Nuestra amiga Montserrat Claros ha publicado nueva novela que gira bajo el título de «El periplo del talismán», fusionando una vez más Historia naval española y ficción, retratando al Real Colegio Náutico de San Telmo de Málaga durante el siglo XVIII;  motivo por el que en HRM nos hemos interesado por su trayectoria y último retoño.

Aquí os dejo un enlace directo a la entrevista que le he realizado y os animo a sumergiros en el particular mundo de Montse: http://www.hrmediciones.com/index.php/blog-rei/91-noticias/155-entrevista-a-montserrat-claros-el-periplo-del-talisman

Lectura de 5 de Octubre de 2017 a las 1200 horas



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martes, octubre 03, 2017

Guardia de literatura: reseña a «Homeland. La huida de Carrie», de Andrew Kaplan

Ed. Planeta, Barcelona. 2003
361 páginas, anexo incluido
ISBN 978-84-08-12166-4
Un producto excelente para los fans de la serie de televisión y para cualquiera que disfrute de un thriller actual, pues la narración lo llevará hasta la primera línea de combate; a saber del miedo de los personajes a acabar abandonados en una cuneta con un balazo en el estómago, a no poder impedir que una bomba estalle y a ver cómo los amigos, los activos también, van cayendo uno a uno y su sangre va ensuciando las manos de la protagonista

La oscuridad se ha cernido sobre los cielos de Beirut y las calles se engalanan para otra noche de diversión y sofisticación en la zona Norte y occidentalizada de la capital del que fue uno de los países más prósperos de Oriente Medio, hasta que la guadaña de la guerra civil y los recelos religiosos lo cubrieran de podredumbre y agujeros de bala.

Los neones brillan, la música traspasa las paredes y las calles rebosan de vida. De chicas cuyas piernas restallan en apretados jeans de marca y de hombres con las camisas abiertas, con el último combinado alcohólico de moda, al acecho en la discoteca más ruidosa y moderna entre las últimas abiertas al público. Es una noche cualquiera, pero también una noche para encuentros furtivos. Carrie Mathison, agente de la delegación de la CIA en Beirut, ha concertado una cita, un primer encuentro evaluatorio, con Ruiseñor, un posible activo de la DGS siria a quien fichar, comprar y atraer; pero una misión tan simple como aquella termina con una mujer estadounidense huyendo por las calles con unos matones pisándole los talones, quienes no tienen más meta que apresarla y asesinarla. Carrie es capaz de librarse de sus perseguidores, pero al alto precio de dejar al descubierto el piso franco de la delegación, o eso es lo que reza en el informe que llegará a Langley.

Carrie es humillada por su torpeza e impericia, pero deduce que hay un traidor en la delegación o que ésta está comprometida ante agentes enemigos, sin saberse hasta qué punto está podrida la estructura de la CIA en el país. La cita con Ruiseñor se concertó gracias a Dima, una chica de alterne que era activo del director de la delegación. Todo tiene muy mala pinta.

Así es como da pie esta novela que es la precuela a la celebrada serie de televisión Homeland, de la Showtime. Trescientas y pico páginas que harán las delicias de todo fan por su ritmo trepidante, por relatar la misión en la que Carrie Mathison se encontraba metida antes de que se diera el asunto Nicholas Brody, mundo antes de esa corta escena con la que comienza el capítulo piloto, en Bagdad. También porque nos zambulliremos en el personaje de Carrie y sabremos de sus primeros “vuelos” provocados por su trastorno bipolar, que se manifiesta una noche, durante su etapa universitaria, saliendo a la calle prácticamente desnuda, con un manifiesto sobre la musicalidad y asaltando a un profesor para convencerlo de que lo publicara (también de su vida en una casa en la que se convive con muchas desagradables escenas protagonizadas por el padre), así como la razón de su pasión por el jazz.

De lo que adolece la novela es de que Carrie es la única protagonista y no hay otras líneas argumentales paralelas, como en la serie; no hay escena en la que ella no esté de por medio, para bien o para mal y, en parte, es hasta lógico pues todo gira necesariamente a su alrededor, empezando por el subtítulo, al que tendremos ocasión de dedicar unas palabras unos párrafos más adelante. 

He dicho que adolece, pero también puede que fuera una decisión razonable para un producto nacido de la necesidad de cubrir la demanda de los fans de Homeland, presentando, con un esquema muy televisivo y rápido, una obra atractiva.

Igualmente no me ha parecido de gusto otro defectillo, ya propio de la serie que se ha trasladado a la novela, y que no es otro que recurrir constantemente a las escenas de sexo. Carrie es un tío con bragas, vale; es así de sencillo, como el mecanismo de unas maracas, pero dichas escenas no aportan nada esas escenas salvo el saber que Carrie tuvo un affaire con David Estes, más que nada para aliviar cierto frenesí y torcer la voluntad de éste para poder avanzar con la investigación. A mis 36 años me podéis acusar de carca precoz, pero, no teniendo problema alguno con ello, es innecesario tanto roce y lubricación para lo que se acaba sacando en crudo. Tanto condón gastado me recuerda a esa serie titulada «Roma», que la gente trasegaba porque salían tetas cada dos minutos y algún culo agujereado cada tres, al igual que la sobrevalorada «Juego de Tronos».

No creo llevar mucho orden con esta reseña y ahora voy a hablar, en el aspecto negativo, del erróneo subtítulo en castellano por la gracieta propia de la lengua inglesa, esa misma que dedica un término para referirse una infinidad de acciones, objetos y demás. Las traductoras Mireia Carol y Ana Isabel Sánchez, en su buen hacer, decidieron (u otros decidieron por ellas) y entendieron “Carrie’s run” como “La huida de Carrie” y, bien, el comienzo de la novela narra la huida de la protagonista de sus perseguidores, miembros de Hezbolá o vaya Vd. a saber; incluso Carrie recibe en Irak el nombre en clave de Fugitiva. Pero “run” es simplemente carrera en la mente de Kaplan. Cada dos por tres se relata cómo Carrie era atleta durante sus años de universidad y la trama se presenta como una carrera de fondo para impedir que los planes del segundo de Abu Nazir, el sádico Abu Ubaida, se vayan cumpliendo. Carrie no huye, sino que corre hasta alcanzar el éxito de la misión, retratándose un personaje adicto a la guerra, no muy diferente a los del capitán Willard en «Apocalypse Now» y el sargento William James en «The Hurt Locker».

Pero la nota principal a mis objeciones no es que se hable de Twitter y los Iphones antes de que salieran al mercado (vaya patinado, Andrew, al menos en lo de Twitter, que lo de Apple puedes salvarte por cuestión de meses), sino que es la de que la Carrie de la novela no es muy parecida a la de la serie. Solo tenemos que echar un vistazo a su historial y éxitos en esta ficción en papel. Dejando de lado que el autor se deshace en alabanzas hacia Carrie, que si es muy guapa, sexy… que se la pone tiesa a heteros y mojada a lesbianas (así, hablando en plata), eclipsando a todas las demás zagalas, pobres desgraciadas; que es lista como Sherlock Holmes hasta el punto vez de merecer un dentista con consulta propia y sonrisa sana y un marine traumatizado; la Carrie de la serie, en cuanto a su peso argumental, no tiene nada que ver con ésta. En la novela tenemos a una agente de élite que, ojo, en el desarrollo de la trama frustra tres atentados, dos de ellos en suelo estadounidense, y otro en la Zona Verde de Bagdad, con batalla campal incluida; no estamos hablando de nimiedades, pues impide el asesinato del vicepresidente de los EEUU, la voladura del puente de Brooklyn y que las cabezas cercenadas del embajador estadounidense en Irak y del primer ministro iraquí sean expuestas ante el público mundial. Además, desarticula una buena parte de la estructura de Al-Qaeda en Irak (AQI) al conseguir abatir al segundo al mando y descubre la brecha de seguridad en la delegación de la CIA en Beirut. Luego resulta que Carrie, en la serie, es poco menos que un ser diminuto, incluso un elemento molesto para Langley, al que se prefiere no hacer el más mínimo caso, y esto que Inteligencia del Departamento de Policía de Nueva York le hace el corte.

Alguien con semejante hoja de servicios, que le haría merecedora de una distinción presidencial a lo Tony Mendez con el asunto Canadian Six, no creo que recibiera semejante maltrato, por mucho que sus “vuelos” bipolares acaben traicionándola (vuelos muy bien tratados en la novela, por cierto). Alguien a quien Saul Berenson postula para dirigir la delegación de Bagdad ya en 2006.

La novela cuenta con los ingredientes clásicos del género de espías, sin obviar el exotismo y la labor de investigación detectivesca. Lo primero se solventa con el recurso no tan barato de trasladar al lector a Beirut, Bagdad o Ramadi, con pelos y señales fatuas por medio de demostrar un soberbio conocimiento acerca de los nombres de las calles y la arquitectura urbana, además de introducir términos árabes en el texto. El segundo con la necesidad de Carrie de lavar su maltrecha imagen ante los jefazos de arriba, queriendo saber hasta qué punto AQI está metida en la delegación de Beirut.

No es solo un producto excelente para los fans de la serie de televisión, sino para cualquiera que disfrute de un thriller actual, pues lo lleva hasta la primera línea de combate; a saber del miedo de los personajes a acabar abandonados en una cuneta con un balazo en el estómago, a no poder impedir que una bomba estalle y a ver cómo los amigos, los activos también, van cayendo uno a uno y su sangre ensuciando las manos de Carrie. 

Lectura de 3 de Octubre de 2017 a las 1200 horas



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lunes, octubre 02, 2017

Un 8 de Marzo cualquiera

¿Os habéis dado cuenta? No hay mañana en la que nos despertemos sin conocer que ese día, el anterior o el siguiente, el es el de… lo que sea. El calendario está más apretado que el santoral católico para hacernos partícipes (por obligación gregaria) de la celebración, concienciación, sentimiento o necesidad de esto o aquello. Los hay de todos los colores, gustos y sabores, y desfilan con idéntico estruendo y fanfarria siendo rápidamente relegados al olvido hasta el año que viene (no sin cierto alivio).

Muchos de estos “días de…” son odiosos, pues parecen conformar una especie de garita de peaje o paso de penitencia; como si el mostrar durante 24 horas cariño o cercanía hacia nuestros progenitores (días del padre y la madre), por nuestra mascota o por preocupación por la ingente basura que cubre, capa a capa, nuestros mares y océanos…, fuese el particular padrenuestro y avemaría a recitar que nos salvará de la condenación eterna a la que nos hemos conducido a través de 364 días de injustificada indolencia.

Señores. Yo me rebelo a que mi vida sea controlada por los hitos de un calendario, que se politice vilmente mi comportamiento humano y tenga que suspirar de alivio cuando mi alma se ha salvado por solo empeñar 24 horas en lo que sea. ¿Rebelión? Quizá no esté empleando el término más acertado, pero hoy no estoy en mi mejor momento ante el teclado y las letras.

Rebelión o pataleta, pero con causa. Reconozco a mis padres todos los días, amo a los animales todos los días, trato de reducir mi huella en este ecosistema todos los santos días.

Ese calendario solo nos recuerda un hecho y un acto al año, cada rotación planetaria, con los que justificamos una vida de egoísmo, cuando no de egocentrismo; eso que está enterrado como un cadáver maldito, bajo metros y metros de hipocresía plástica e ideología de bazar de todo a cien. En lo más profundo de la realidad, encontramos nuestra verdadera naturaleza: nos importa un pimiento los problemas y las personas que nos rodean. 

Y con precisión matemática, una jornada de deliberación y llorera irrumpe cada año como elefante en cacharrería, con andares fatales, como aquel recordado anuncio de turrón: el 8 de Marzo, renombrado, con acierto, como día internacional de la Mujer. 

Alrededor de tan jubiloso y exaltado evento, se aglomeran las odiosas y machaconas consignas y pancartitas, con el acompañamiento musical a cargo de flipados, flipadas y flipades golpeando tambores con frenesí, como monitos con sombrerito y chalecos rojos, vomitados desde una estereotipada producción de Howard Hawks; todo un circo que reproduce una trasnochada y yerma simbología de acuñación new age izquierdista que, para horror del conjunto, es falsa en cuanto a continente y, por desgracia, a contenido.

Muy acertado me parece el rótulo adhesivo que adornaba, hasta no hace mucho, uno de los paneles del ascensor de la Biblioteca pública, en el cual se podía leer una frase contundente: “Todos los días son 8 de Marzo”. Totalmente de acuerdo y por eso escribo (o trato de hacerlo) unas líneas para poner en claro mis ideas.

El baldío femi(nazi)smo de acuñación nacionalista, como cuervo funesto que defeca a lo B-52, me dio la oportunidad, hace ya unos meses, de presenciar un ejemplo vomitivo e hipócrita, la escusa, en fin, para el siguiente relato con el que abuso, una vez más, de la paciencia y tiempo del lector. Me encontraba yo en una de las calles más céntricas de mi ciudad, de cuyo nombre prefiero no acordarme, cuando tropecé por la amura de estribor con un corrillo de niñas perfectamente uniformadas por Inditex, clónicas como la oveja Dolly de morro a rabo, pegando carteles en el frontal de uno de los locales clausurados a lo largo del brazo urbano, que sirven de oficiales y oficios tablones de anuncios para informar a la peña de tal manifa o mitin, todo bien saturado de estrellitas rojas sobre fondo albiceleste. Me resultó una escena digna de anotar: grupúsculo de seis niñas, criaturas abortivo-pijas, manchándose los dedos de cola barata al colocar lo más recientemente escupido por una imprenta al servicio de la extrema izquierda juvenil. Ellas y el material que portaban eran tal diametralmente opuestas entre sí en el aspecto gráfico, que temí sufrir una suerte de colapso, de esos de aúpa. 

¿Aquellas niñas, que habían encontrado la razón de su existencia sobre nuestra perla azul pálido colgando carteles izquierdistas tras hacer las compras obligadas y semanales en la Milla de Oro, hacen algo realmente en defensa de las mujeres? No, pero medio camino en la aventura de la supervivencia político-social ya lo han hecho, pues son burguesas tocadas de cierta aura proletaria de cartón piedra.

Los cartelitos en cuestión eran los retratos de varias mujeres que tuvieron su momento álgido, principalmente, durante el s. XIX. Mujeres con más de cien años en el marco, como si en las últimas décadas no hubiera habido ninguna otra digna de aplauso. Y la pregunta que me hice, ante esos rostros tatuados en celulosa, fue la de si alguna de esas mozas, de dedos engomados y mente atribulada por el comunismo y el próximo número de Superpop, podría ilustrarme acerca de la biografía de estas señoras, cuyas vidas, obras y milagros, previa manipulación, sirven a un programa electoral y de adoctrinamiento, como la señora Rosalía de Castro, debidamente prostituida por y para la causa. 

Pero me ahorré el disgusto de pronunciar palabra alguna pues no quería poner a las ninfas en un aprieto; que esas boquitas temblaran por culpa de la ignorancia no entraban en mis planes. En vez de eso, me quedé observando la galería de rostros con cierto desinterés, de símbolos forzados del feminismo matriarcal gallego. Ninguno de ellos contenía las facciones de una mujer anónima y, en el prácticamente el 100%, enmarcaban a burguesas en una España de pobreza alimenticia, moral y ética que no tocaron un cepillo para fregar suelos ni por accidente. Me llamó también la atención, por no encontrarla por ahí, por su ausencia, Dª. Emilia Pardo Bazán (ahora me parece que tampoco había rastro de Concepción Arenal, ni María Pita, ni…), pero esto ya es otra historia.

Músculo de papel y humo.

Pero, como he apuntado, esos carteles, igual que la novedosa fiebre por las placas de calles en sentido femenino, no dan cabida a mujeres realmente anónimas pues, al parecer, “no hicieron nada”. Solo encuentro, con el mayor de los respetos debidos, burguesas a la sombra de maridos entrometidos en cuestiones de gobierno; señoras con estudios universitarios por aburrimiento, poder y dinero de papá a espuertas para ser recordadas. ¿Por qué no hay una placa (o un cartelito del 8 de Marzo, qué más dará) dedicada a mi abuela materna que, durante la década de 1940 y en la paupérrima España, mantuvo en el rural gallego a diez bocas jugándose el tipo a diario, junto a una viuda de guerra, como contrabandista de alimentos en el río Miño? Quizá porque no mola lo suficiente, pues igual de mal vivió con Alfonso XIII, la II República o Franco; o, quizá, porque su cara no figura en la Wikipedia. ¿Por qué no hay una dedicada a mi madre, que abandonó la escuela con seis años, fue víctima de explotación laboral infantil y se minó la salud tratando de sacarnos adelante a mí y a mi familia, quitándose hasta comida del plato y ahorrando hasta el último chavo para que sus hijos pudieran tener estudios; tener oportunidades? Hay muchos ejemplos que no despliegan el suficiente glamur para los cartelitos izquierdo-nacionalistas; mujeres sacrificadas de verdad cuyos nombres no aparecerán en las bocas de las feministas ilegítimas que se contentan con las migajas y las propuestas de dudosa inteligencia, amparándose en su coño, en vez de lanzarse a luchar contra gigantes.

No hay lugar.

Y no; hoy no es 8 de Marzo, pues para reconocer el aporte de las mujeres, su importancia, no hay que esperar a que llegue fecha alguna en el calendario. Y todo sea por hablar de algo que no tenga que ver con “referéndums” de pacotilla.

Lectura de 2 de Octubre de 2017 a las 1200 horas



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jueves, septiembre 28, 2017

«We Gotta Get Out Of This Place», The Animals



In this dirty old part of the city
Where the sun refuse to shine
People tell me there ain't no use in trying
Now my girl you're so young and pretty
And one thing I know is true
You'll be dead before your time is due
I know
Watch my daddy in bed and tired
Watch his hair been turning gray
He's been working and slaving his life away
Oh yes, I know it
He's been working so hard
I've been working too babe
Every night and day
Yeah yeah yeah yeah
We gotta get out of this place
If its the last thing we ever do
We gotta get out of this place
'Cause girl, there's a better life
For me and you
Now my girl you're so young and pretty
And one thing I know is true, yeah
You'll be dead before your time is due
I know it
Watch my daddy in bed and tired
Watch his hair been turning gray
He's been working and slaving his life away
I know
He's been working so hard
I've been working too babe
Every day baby
Yeah yeah yeah yeah
We gotta get out of this place
If its the last thing we ever do
We gotta get out of this place
Girl, there's a better life
For me and you
Somewhere baby
Somehow I know it baby
We gotta get out of this place
If its the last thing we ever do
We gotta get out of this place
Girl, there's a better life for me and you
Believe me baby
I know it baby
You know it too

Lectura de 28 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



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miércoles, septiembre 27, 2017

«1808 Madrid»



Hoy vengo a haceros saber de un proyecto de mecenazgo que, en mi opinión, merece la atención de todos los que paseamos por esta tablazón, que bebemos los vientos por la Historia. Un proyecto de mecenazgo que persigue publicar un cómic ambientado en el Madrid del 2 de Mayo de 1808, con el sello editorial Cascaborra.

El mecenazgo no busca una simple aportación económica con un mero reconocimiento. Como podréis apreciar en la banda derecha, según el importe se tiene derecho a distintos productos o recompensas, todo ello con gastos de envío incluidos.

Ya quedo poco, así que os animo a colaborar para que esta bella iniciativa vea la luz en este país de sombras, agradeciéndoos yo, en nombre de Cascaborra, vuestro interés.


Lectura de 27 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



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martes, septiembre 26, 2017

Guardia de cine: reseña a «Ciudad de las estrellas (La, La, Land)»

Título original: «La, La, Land». 2016. USA. Musical. 2 horas y 8 minutos. Dirección: Damien Chazelle. Guionista: Damien Chazelle. Elenco: Ryan Gosling, Emma Stone, Rosemarie DeWitt

La película del año 2016 es un calco barato a un relato del que ya estamos bastante hartos, no despertando emoción alguna aún con todo el acompañamiento musical del que se la quiera dotar

Debido a un exagerado sentimiento de respeto por el trabajo ajeno, soy de aquellos cuya lista de “abandonos” o “inconclusos” no es muy amplia; soy de aquellos que se ruborizan con la simple idea de levantarse y largarse nada más comenzada la representación cuando sabe bien que no merece la pena seguir plantando raíces en el asiento. De algún modo se me espesa la sangre y, por ello, quedo irremediablemente condenado a soportar hasta el último segundo o línea; a no ser que algo extraordinario, un Aquarius de valor y desvergüenza, me libere de las cadenas e imprima velocidad a mis piernas.

El aguantar hasta los títulos de crédito de «La, La, Land» ha supuesto un esfuerzo titánico. «La, La, Land», esa película que, como ya nos viene acostumbrando Hollywod, arrasó en la ceremonia de los Oscar ante un plantel de rivales menesterosamente guarnecidos. De entre lo malo y lo menos malo hay que escoger una opción.

Durante meses estuvieron atosigándonos día y noche con la “película del año”, otro musical, género Guadiana donde lo haya dentro de las obsesiones cíclicas de la Industria norteamericana. Ni las defensas más aguerridas, ni la cera de oídos más espesa, nos libró de los efectos del bombardeo por saturación al que nos sometieron como díscolas ovejitas a las puertas de una sala de cine: hay que visionar «La, La, Land» pues es el “film que enamora”.  

Alto, alto. No nos pasemos de la raya ni nadie intente colarnos gato por liebre con una película que en su salida al mercado del DVD se puso a la venta unos 5 € más barato que el resto de producciones de su misma quinta, y eso que luce una bonita cinta en amarillo con su colección de reconocimientos angelinos.

El galardón de Fotografía está concedido con todas las de la ley y la banda sonora instrumental es preciosa, un canto de amor al jazz; pero los demás premios… Es que había que entregárselos a alguien, ¿verdad? Si Penélope Cruz tiene su estatuilla, Emma Stone debe llevarse la suya cuando ha actuado mil veces mejor en otros tantos títulos. A lo que añado la siguiente cuestión: ¿En serio que no se pudo encontrar en el cásting a una pareja que, al menos,  no desafinara? Pues cuando los tortolitos le dan a los gorgoritos lo único que causan es un maremoto de vergüenza ajena y propia como amante de la música que soy.

La historia en sí es insípida de principio a fin, sin otro color que el de la deliciosa fotografía. Es un calco barato a un relato trillado y que no despierta emoción alguna, aún con acompañamiento musical, bailecitos y esguinces de tobillo. Los primeros diez minutos representaron una dura prueba; aguantar hasta la hora fue como una travesía por el desierto. Acabé llegando al final con la sensación de que había perdido dos horas de mi vida en un estúpido ejercicio de aburrimiento.

Solo felicitar a los de Marketing por haber colado una película mediocre hasta el 90% como una de las imprescindibles dentro de la filmografía moderna norteamericana. Y no sigo pues sería absurdo.

Lectura de 26 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 758,5 (Variable). Despejado
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jueves, septiembre 21, 2017

«Gimme Shelter», Rolling Stones




Oh, a storm is threat'ning
My very life today
If I don't get some shelter
Oh yeah, I'm gonna fade away

War, children, it's just a shot away
It's just a shot away

Oh, see the fire is sweepin'
Our very street today
Burns like a red coal carpet
Mad bull lost its way

War, children, it's just a shot away
It's just a shot away

Rape, murder!
It's just a shot away
It's just a shot away

Rape, murder!
It's just a shot away

The floods is threat'ning
My very life today
Gimme, gimme shelter
Or I'm gonna fade away

War, children, it's just a shot away
It's just a shot away

I tell you love, sister, it's just a kiss away
It's just a kiss away
Kiss away

Lectura de 21 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



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martes, septiembre 19, 2017

Guardia de televisión: reseña a «Expediente X, Temporada 10ª»

Título original: «X-files». 2016. Canadá. Ciencia-ficción. Ocho capítulos. Director: Chris Carter. Guionista: Chris Carter. Elenco: Gillian Anderson, David Duchovny, Mitch Pileggi

El regreso a la pantalla de «Expediente X» ha levantado dispares y enfrentadas pasiones. Yo habría pedido más, pero no por ello esta 10ª temporada desmerece el esfuerzo

Cuando se dio por emitida la 10ª temporada de «Expediente X» en los canales de pago, las voces reprobadoras no tardaron en hacerse notar en los corrillos y líneas de sangre de las redes sociales. Tenían que dar a luz e imponer sus opiniones, que todo el mundo las leyera o escuchara sin excepción, vanagloriándose de poder influir a las masas informes: «Este Expediente X NO es lo mismo».

Con esas míseras palabras y nada más se sintieron satisfechos. Bastaban. Sobraban. ¿Para qué esforzarse en los tiempos que corren, corren y corren como pollos sin cabeza?

No. El «Expediente X» de 2016 no es lo mismo. Quizá hayan transcurrido demasiados años; quizá haya una excesiva separación temporal entre la 9ª y la segunda película de la franquicia y este retorno de unos maduros Mulder y Scully. Resulta innegable que la población de arruguitas y canas ha prosperado, como en la imagen que nos devuelve a nosotros mismos el espejo cada mañana, aunque he de reconocer que me pone mucho más Gillian Anderson ahora, bien pasados los cuarenta, que cuando tenía veinte años (su estilismo de entonces, calcado del de la secretario de Estado de la Administración Clinton, Madeleine Albright, no le hacía justicia).

Las cosas son como son y han variado algo los rostros y se han saturado los guiones de constantes jocosidades del tipo «yo soy de la vieja escuela: era pre-Google».

No es lo mismo, pero, ¿qué se esperaba la gente? «Expediente X» es una de las series clave de los años ’90 del pasado siglo y, por tanto, mitificada hasta extremos absurdos. Como fútiles anacoretas adoradores de lo ortodoxo ahí están los críticos para refunfuñar con los labios apretados, sin razonar su enojo y decepción. «No es lo mismo; no es lo mismo»; vale, no es lo mismo, ¿y qué?

Por mi parte, no he encontrado en esta 10ª temporada nada que la haga desmerecer con respecto a las vetustas entregas originales. Son menos capítulos (6 contra 24) que condensan con firmeza el espíritu de la serie, con su hueco para alienígenas (los episodios de esta temática siempre fueron mis favoritos), monstruos y mutantes, entes imposibles y hasta cierto elemento cómico. Incluso nos han dejado con un palmo de narices con el final del sexto capítulo; aunque reconozco que no me ha sido plato de mi gusto en qué se ha concretado la conspiración humano-extraterrestre liderada por el Fumador.

Quizá discrepe alguien conmigo en este último punto. Le parecerá genial el vuelco de esa conspiración, pero el objetivo final resulta, cuanto menos, demasiado traído a la ficción durante los últimos años.

Otro aspecto desfavorable es la irrupción de la pareja de agentes del FBI Miller y Einstein. Voy a explicarme: se advierte cierto interés de la productora por revitalizar la franquicia, lo cual me parece espléndido, colocando a estos jóvenes como discípulos/sucesores de Mulder y Scully, para cuando los cuerpos no den para más, heredando el sótano donde empalidecen los dos héroes de «Expediente X», pero el calco que hay entre ambos dúos es ridículo: los nuevos agentes son un par de ovejas Dolly de los protagonistas. Miller es un fanático de los fenómenos paranormales y Einstein una escéptica doctora en Medicina; pero su paralelismo sobrepasa no solo el aspecto físico sino a sus apellidos: Mulder-Miller, Scully-Einstein. Esto, lejos de crear una personalidad propia y atractiva, hace que el televidente veterano sienta más apego por los personajes originales y observe con recelo a los “usurpadores”.

Por otro lado, el personaje de Tad O’Malley, con su rollito conspiranóico, con programa por Internet y limusina en la puerta del estudio, me parece incluso infantil.

Es posible que a más de uno le resulte un tanto pesado el recurso narrativo de los remordimientos de Scully como madre que tuvo que dar en adopción a su hijo, y que se extienden a lo largo de los seis capítulos de los que consta la temporada sin excepción, entre los que apenas se cuelan unos pocos meses de descanso. Es nomotético que prime tan poderoso sentimiento: da profundidad (innecesaria) a Scully y a la solución que se adivina para los últimos instantes del sexto episodio; sin embargo, la condensación que sufre esta entrega puede que convierta tan valioso ingenio en un cliché.

Mi opinión respecto a esta 10ª temporada es que quiero ver la 11ª cuanto antes, pues nos ha dejado con un palmo de narices en un congestionado puente sobre el río Potomac, en mitad de una pandemia mundial y bajo el foco de un OVNI; ahí es nada. 

Sí, este regreso de Mulder y Scully podría haber tenido más, mucho más; pero no por ello deja de ser triunfal.

Lectura de 19 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



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miércoles, septiembre 13, 2017

Ficha de fauna: el celacanto


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Reino: Animalia
Filo: Chordata
Clase: Sarcopterygii
Subclase: Coelacanthimorpha
Orden: Coelacanthiformes





Charles Berlitz (1914-2003) fue un erudito de los fenómenos paranormales, civilizaciones perdidas y ufología, cuando no estaba más ocupado en la lingüística (hablando 30 idiomas), que pasó del estrellato a ser vilipendiado, pues, por lo que parece, se le colaba conscientemente más de una y de dos barbaridades en sus escritos.

El único libro que leí firmado por este extraordinario personaje es «El triángulo del dragón», otra zona geográfica terrestre en la que se suceden desapariciones y avistamientos al igual que en las Bermudas. Fue entre sus líneas, hablando de seres antediluvianos que podrían aún estar habitando nuestro planeta, ocultos en las grandes masas oceánicas, cuando leí acerca del celacanto, un verdadero fósil viviente (uno más entre otros que se fueron descubriendo en el s. XX y también en el entrado ya XXI); un ser cuyos últimos registros están en canteras que datan del Cretácico (allá, hace 60 millones de años).

El celacanto era un animal conocido por los nativos, pero no valorado debido a su sabor, por lo que se solía devolver al mar y de ahí el desconocimiento acerca de su existencia para los naturalistas.

La historia del celacanto o de su descubrimiento como ser vivito y coleante tiene elementos de novela o, al menos, para un relato breve, pues encontramos la pasión por la Naturaleza, la Evolución y el descubrimiento. Para ello debemos trasladarnos a la ciudad de East London (Sudáfrica), durante la mañana del 22 de Diciembre de 1938; Caminando por uno de los muelles, quien sabe si por perder el tiempo de forma inocente, se encontraba Marjorie Courtenay-Latimer, funcionaria del museo local, contemplando las tareas de descarga de los barcos pesqueros, cuando un extraño espécimen de color oscuro y 1,50 m. de largo y unos 60 kgs. de peso le robó la mirada. No es que pensara cocinar y presentar a la mesa del 25 semejante bestia, sino que quería investigarlo.

Ya en dependencias del museo con su nuevo amigo, Marjorie se devanó los sesos tratando de dar qué clase de pez era aquel entre los miles y miles de los catalogados en las enciclopedias, pero su particular anatomía la tenía perdida, tanto es así que comenzó a estar ante una criatura del todo desconocida. Por ello, se puso en contacto con un colega ictiólogo, James Leonard Brierley Smith, profesor de la universidad de Rhodes en Grahamstown (también, Sudáfrica), remitiéndole un breve informe con un dibujo.

Smith abrió con interés la carta de Marjorie y entornó la mirada ante el boceto que ésta le remitía. El trazo no es que fuera excelente, pero había en él una serie de particularidades sobre las que no cabía justificar con un error por parte Marjorie o por su escasa buena mano. Era a todas luces un celacanto, pero ese animal llevaba millones de años extinto; es más, era un eslabón entre los animales acuáticos y los primeros que pisaron la superficie seca del planeta, buena prueba de ello son cuatro de sus aletas, con una estructura más de patas.

Smith pronto se contagió del entusiasmo de Marjorie, pero para cuando pudo presentarse en las dependencias del museo el espécimen se había arruinado y desechado. Durante los siguientes catorce años, Marjorie y Smith llevaron a cabo la búsqueda de otro celacanto vivo y no fosilizado, hasta que fueron capaces de capturar en la isla de Anjouan, en las Comores. Dicho espécimen fue el que bautizó la especie de estos animales procedentes de los abismos temporales de la tierra con el nombre de Latimeria Chalumnae (por Marjorie Latimer y el río Chalumna)

Sus patas o aletas lobuladas (con músculo y hueso), que lo colocan en un estado intermedio entre los peces y los anfibios, con las que “corre” más que nada, es una de las principales características de esta criatura más propia de los fondos abisales, reportándose su presencia a 7.000 metros de profundidad, pero también posee rasgos interesantes como animal prehistórico, además de sus gruesas escamas: la articulación intercraneal que le permite devorar para presas de gran tamaño o un órgano electrosensor en el morro.

Suele medir dos metros de longitud y alcanzar un peso de 90 kgs., con una esperanza de vida de alrededor los 60 años. Un big fish en toda regla.

Lectura de 13 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



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martes, septiembre 12, 2017

Guardia de cine: reseña a «La mujer del año»

Título original: «Woman Of The Year». 1942. EEUU. 109 min. Blanco y Negro. Dirección de George Stevens. Guión a cargo de Ring Lardner, Jr. y Michael Kanin, siendo galardonados con el Oscar al mejor guión original. Elenco: Spencer Tracy, Katherine Hepburn (nominada al Oscar a la major actriz)

Más allá de la lucha de sexos, el filme de George Stevens advierte del peligro, ya hace más de setenta años, de que las mujeres puedan verse obligadas a sacrificar su carrera profesional por tener la oportunidad de formar una familia o a sacrificar su maternidad con tal de conservar su alta posición laboral, pretendiendo que se alcance un punto medio de equilibrio; por lo que, en la actualidad, este película conserva plena vigencia

Con este título se dio a conocer uno de los taquillazos de 1942, que sirvió para reunir por primera vez a Spencer Tracy y a Katherine Hepburn, protagonizando una trama que se vendía como comedia cuando, en realidad, es una tragicomedia en la que los episodios de diversión se reservan a frases sarcásticas en boca de Tracy, con el sombrero de Sam Craig bien encasquetado, y a escenas absurdas propias de los hermanos Marx.

En unos EEUU en plena ebullición tras la entrada del país en la segunda guerra mundial, se produjo en su territorio la liberalización de la mujer y su ingreso masivo en el mercado laboral tradicional masculino. Siendo que los hombres iban a formar el grueso de los Ejércitos, las mujeres pasaron a sustituirles en sus puestos de trabajo y en empleos militares continentales, manteniéndose el tejido industrial y comercial de la nación y contribuyendo al esfuerzo de guerra el total de la población activa. La mujer pasó a una posición equiparable a la del hombre y el personaje que interpreta Katherine Hepburn, Tess Harding, es un ejemplo claro que, por exagerado, permite una plena comprensión de tal hecho: no solo es que encarne a una reputada periodista de la sección internacional de un periódico de gran tirada, sino que, por si fuera poco, se llega a sentar junto con Tracy en la tribuna de periodistas especializados del campo de los New York Yankees, ¡una mujer allí, qué escándalo!

La historia se puede resumir a la perfección con solo reproducir su escena final. Advierte del peligro, ya hace más de setenta años, de que las mujeres puedan verse obligadas a sacrificar su carrera profesional o  su maternidad por tener la oportunidad de formar una familia (en la película encontraremos al respecto al niño refugiado Cris) con tal de conservar su alta posición laboral. Lo que podría entenderse como un mensaje machista se desfigura y corrige cuando Sam Craig le hace saber a su mujer que no quiere ni a Tess Harding ni a Tess Craig, sino a Tess Harding-Craig; quiere que su esposa siga siendo periodista, pero que también sea madre y ama de casa, un término medio en el que no se aprecie remanente de los dos extremos presentados por Hepburn: de adicta al trabajo y de sumisa encerrada en la cocina.

Por desgracia, la liberalización femenina de la década de 1940 quedó en agua de borrajas una vez firmados los tratados de paz y los hombres fueron obteniendo la licencia al cumplir el periodo de servicio y al adquirir los puntos necesarios. Tras cuatro años vestidos de uniforme y recibiendo órdenes sin parar, triunfó la corriente social de que había que hacer sentir a estos hombres como los jefes absolutistas de sus hogares, llegando a reducir a las mujeres a una especie de sirvientas más que compañeras; de ahí la imagen femenina de la década de 1950 del ama de casa con el delantal almidonado, perlas brillando en el fino cuello y una perenne sonrisa pegada en la cara.

La historia de «La mujer del año» refleja la lucha de Sam por casarse con Tess y también para convivir con ella, cosa nada fácil. Tras el abandono de Sam, Tess se dará cuenta de que aún siendo la mujer del año es fría y distante, irresponsable ante el matrimonio (cuya esencia tarda en comprender) y a la hora de formar familia.

Es un mensaje de equilibrio entre esposos tras una lucha de sexos y talentos, de comprensión mutua y afinidad, en el que la complicidad existente entre los dos actores permite que la cámara recoja instantes de intimidad y naturalidad de la pareja bajo los focos y entre las líneas de guión.

Lectura de 12 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



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lunes, septiembre 11, 2017

Y, ahora, a por Cristóbal Colón. Pero, ¿qué pasa con Sheridan?

En un país como España, cuyos fértiles campos son domeñados por las zarzas de la estupidez, no es malo saber que en otros puntos geográficos de este planeta se dan brillantes y dignas muestras de tan supina “virtud” humana. Tras haber sido testigos desde la distancia segura del televisor de la lamentable jarana montada a lo “comienzos de la década de 1990” en la no tan al Sur como nos podemos creer Charlottesville —con orgía incluida al más puro y civilizado estilo del DAESH alrededor de la deformada estatua del general Lee, cuyo broncíneo rostro fue pisoteado por una mujer blanca—; de los EEUU seguimos recibiendo nuevas más o menos jugosas gracias a esa última y desaforada patrulla vecinal de limpieza con KH-7 por sus calles e Historia. Lo último nos toca la refilón, como una bala que nos roza el brazo y se lleva un pedacito de piel, carne y sonrojo, que viene de la soleada California, así que ojo. Se está manifestando cierto resquemor o disgusto con la figura de Cristóbal Colón, a quien se le viene achacando todos los sufrimientos de los pueblos indígenas americanos por el simple hecho de haberse tropezado con este nuevo continente cuando creía haber llegado a Japón, el muy mentecato. Si en vez de seguir a pies juntillas a Tolomeo hubiera hecho otro tanto con Eratóstenes, nunca se le hubiera ocurrido la desquiciada y absurda idea de querer alcanzar Asia por la ruta del Oeste y, ahora, se le echaría la culpa a otro.

Bajo el titular de la noticia, la fotografía con dos nativos y la estatua del “gran tirano” al fondo, cubierto con una pancarta que rezaba “Christian terror begins” (o algo así), frase, cuando menos, cristionófoba y que terminaba de perfilar el cuadro con la placa, a los pies del descubridor por accidente, respecto a ese “supuesto genocidio” que alcanzó el centenar de millones de muertes. Tirando del hilo, sumamos a la instantánea unas hispanofobia y europeofobia bastante gruesas.

Por impulso del concejal Mitch O`Farrell, de la tribu Wyandotte (natural de Oklahoma y cuya su población rondará la mareante cifra de 350 individuos) se ha votado una propuesta para que el Ayuntamiento de la ciudad de Los Ángeles sustituya el Día de Colón (festivo federal que se celebra el segundo lunes de Octubre) por el de los Pueblos indígenas. No debe causarnos sorpresa que el consistorio angelino haya acordado tal cosa, pues va a la zaga de urbes como Seattle, Minneapolis, Berkeley, Santa Cruz, Phoenix o Denver, además de estados como Vermont y Dakota del Sur; pero sí el que estos mismos indios preocupados por la suerte que corrieron sus ancestros llegaran incluso, en su momento, a oponerse a la canonización del clérigo Junípero Serra, quien tanto hizo por las misiones californianas y por la población nativa, protegiéndola de los desmanes de codiciosos terratenientes y celosos oficiales.

El Sr. O`Farrell, triste de él y de muchos, no es más que un títere de barro húmedo que se cree dotado de conciencia propia, un instrumento o herramienta prescindible en un proyecto autárquico y neofascista de ocioso blancos protestantes, defecados por las bodegas del May Flower en la hasta hace no tanto española California. Es de locos, pero nada del otro mundo dentro de la locura y fobia contra la globalización que, para bien o para mal, incluso para los arrogantes nacionalismos domésticos, nació el 12 de Octubre de 1492, persiguiendo la reinstauración de la milenaria Ruta de la Seda, perdida tras la caída de Bizancio en manos del Islam.

No estoy por la labor de discutir la realidad y el mito en torno al descubrimiento de América y de las relaciones entre europeos e indígenas, pues sería aburrido y todo lo que dijera caería en saco roto. No voy a explicar la protección que dispensaban las leyes de Castilla a aquellas personas del Nuevo Mundo, la vida y la obra San Bartolomé de las Casas o que más del 95% de ese genocidio se debió a un enemigo que se trajeron los europeos sin mala fe: enfermedades para los que los nativos carecían de anticuerpos por el simple aislamiento geográfico desde hacía miles de años. Males “invisibles” que también afectaban a los blancos (quienes también se trajeron para este lado del Charco su buena dosis) y a las que solo pudieron dársele coto en el mejor de los casos con la consecución de vacunas de esas que solo “hacen autistas” a los hijos de los ricos occidentales.

Pero, ¿genocidio por culpa de Colón? No es que el colega supiera manejar a los mamarrachos que llevó consigo, muchos de ellos de la peor calaña que parió las prisiones hispanas, pero es que me parece tronchante que este marasmo de pueriles manifestaciones y inútiles propuestas se den precisamente en los típicos y tópicos EEUU donde, al contrario que al Sur de la frontera, nos sobran los dedos de las manos para contar cuantos hombres, mujeres y niños encontraremos por la calle con rasgos indígenas. A ver, amigos, ¿cuántos “pieles rojas” puede haber, por ejemplo, en Illinois?

Con el rostro perfilado por una sonrisa malévola, como es de recibo, he ido llenando el cesto con palabras tales como “indios”, “genocidio”, “estatuas”, “general”… Es una hermosa colección para esta “cruzada de la semana” contra Cristóbal Colón con maza, cincel, suela de zapatilla de marca y pecosas mejillas surcadas de sudor; una más organizada para lavar los trapos sucios con el último blanqueante que actúa al primer lavado. Borrar y picar y, ¡chas!, el mal desaparece; qué bien se lo habría pasado Erasmo de Rótterdam con estos mostrencos de inodoro. Pero, a todo esto, quedo yo a la espera de seguir recibiendo nuevas procedentes de esos pastos, sobre todo de alguna marcha o protesta pseudoizquierdista de puño en alto—pues no puede ser de otro modo en el país donde solo existe la derecha y la dos pasos más a la derecha—, que proponga retirar de no pocas ciudades el nombre y recuerdo, por ejemplo, del general Philip Henry Sheridan (y otros, que tampoco hay que centrarse en uno solo).

¿Que quién es el general Sheridan? Pues un señor con una biografía de esas tildadas como divertidas que, por el simple hecho de haber sido oficial de caballería del Ejercito Unionista y no un redneck reb durante el conflicto civil de 1861-1865, compartiendo podio con Ulysses S. Grant o William Sherman («El gran triunvirato», según el biógrafo Michael Fellman), tiene salvoconducto en la Historia aprobada por el Gobierno federal para sus escuelas. Vale, una cosa es que nosotros, aquí, que somos tontos y europeos de fábrica, tengamos excusa para no saber quién es ese dichoso Sheridan, qué hizo, pero, ¿el Sr. O`Farell y sus acólitos desteñidos, los Wyandotte supervivientes y las demás tribus se han olvidado de él, de quien acuñó la miserable consigna de “el único indio bueno es el indio muerto”? En un principio la mítica se la atribuyó al infame general George Armstrong Custer, pero al César lo que es del César. Si yo sé que el Sheridan este, con el visto bueno de Washington, fue parte activa de un programa de exterminio progresivo y a medio plazo de las poblaciones de salvajes y pérfidos pieles rojas, a base de violentas razzias, llevar al agotamiento y la extinción su principal fuente de proteínas animales (los búfalos), resguardarles de los rigores del invierno con mantas infestadas de todo tipo de enfermedades letales y regarles el hígado a base de whisky de alto octanaje, supongo que el concejal de Los Ángeles lo sabrá tan bien como yo, pero, ¿no le interesa? Claro que no, es que Sheridan luchó contra los sudistas para acabar con la esclavitud (qué patético leitmotiv para una guerra civil en la que la suerte de los esclavos era lo de menos, sobre todo cuando aún se tardó un siglo en ver promulgada de la Ley de Derechos civiles y los negros pudieran compartir baño con los blancos o sentarse donde se les antojara en autobuses, teatros, cines…: una guerra reducida, como por truco de magia de simplicidad maniquea, a abolir desinteresadamente la explotación humana). ¿Cómo van a ir contra un genocida con patente? Es mucho mejor pasar por alto y fijarse en el anónimo Colón y echarle toda la mierda que ha generado el transcurso natural de más de quinientos años de contacto no siempre pacífico, pero tampoco bélico (blancos contra indios, indios contra blancos, blancos e indios contra otros indios, indios contra otros indios y otros blancos, indios contra indios con los blancos en medio y blancos contra blancos con los indios por ahí como si tal cosa, y todas las variaciones cromáticas que se nos antojen); la del navegante genovés, gallego, portugués (lo que sea) es una magnífica cabeza de turco para servírsela en bandeja a la moderna Salomé de sobacos sin depilar, libertad en boca para blasfemar, pero censura apática encorchada en el ano, cuyos genes recorren buena parte de la América de Trump y de la que no es de Trump.

Sentadito y recostado me quedo, sin muchas esperanzas de ver cómo Sheridan es arrancado de sus pedestales, sufriendo los vientos huracanados de la cobardía políticamente correcta, junto a Sherman, su maestro en esto de aniquilar al indio. Sin duda, el Efecto Dominó sabe salvar aquellas piezas que le interesa mantener aisladas y en pie.

Vivimos tiempos extraños y aterradores en los que la ignorancia discrecional, codo con codo con la moral mal entendida, se está convirtiendo en un Quinto Poder que blanquea las páginas del Pasado que no tiene porqué ser brillante, pues solo de las equivocaciones se aprende a tomar el camino correcto.

Lectura de 11 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



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martes, septiembre 05, 2017

Reseña de autobiografía: «18 meses de cautiverio», de Eduardo Pérez Ortiz

INTERFOLIO
Serie Leer y viajar clásico (8)
Segunda edición. 2016
ISBN: 978-84-943886-0-6
El bien llamado Desastre de 1921 es otro paso de penitencia en nuestra reciente Historia militar, que no parecía tener fin desde aquel 2 de Mayo de 1808; en una Historia en la que se entrecruzan victorias contundentes y celebradas con los mayores descalabros tácticos que mermaron  el país, generación tras generación. Las eternas guerras del Norte de África fueron una constante y este fracaso es tributario de los conflictos del s. XIX

El de 1921 supuso una pérdida de vidas humanas que el conjunto de la sociedad española no supo ni quiso encajar poniendo la otra mejilla. No se podía pasar por alto el que más de 10.000 hombres cayeran en apenas unos días. Aquella masacre a manos de los rifeños y guiada por la torpeza y el orgullo fueron el germen de la caída de la monarquía, lo cual nos trajo bajo el brazo otra terrible consecuencia para seguir cubiertos de sangre: la creación de las dos Españas, maldición que aún seguimos cargando a la espalda para gusto de no pocos a día del presente.

El entonces teniente coronel Eduardo Pérez Ortiz, del Regimiento de San Fernando, fue protagonista, junto a tantos y tantos, de todo aquel desbarajuste militar que ya resultaba familiar para otras potencias europeas que se habían enfrentado a enemigos anclados en la Edad Media en el mejor de los casos. Pérez Ortiz no analiza las razones políticas y militares del Desastre; no le hace falta pues su crónica es a pie de campo de batalla y no en un despacho.

La autobiografía de Pérez Ortiz se divide en tres partes o tramos, siendo el primero el dedicado a la fútil y descontrolada retirada del Ejército hasta Monte-Arruit, buscando un punto fuerte al que enfrentarse a un enemigo cada vez más salvaje. El relato es triste y vívido: la sed enloquece a hombres y bestias; los moribundos y los muertos son abandonados a su suerte en mitad de la tierra baldía, en la cuneta, pisoteados por el enloquecido convoy; la policía indígena se pasa al enemigo en deserciones masivas junto con los regulares; los soldados se despeñan con sus monturas por los barrancos buscando una grieta por la que salvar la vida; el orden ha de imponerse a base de varazos y castigos físicos; el sol no deja de apretar y se alinea con los rifeños que hostigan a la columna española compuesta por miles de soldados, que deja a su paso un rastro de material que nutre al enemigo; los motines y los días se agolpan en el sitio de Monte-Arruit, contabilizándose cuantiosas bajas cada vez que se hacía la salida para la aguada.

La sed. No hay otro enemigo peor para los soldados españoles en aquellos cruciales días. Después vendrían el hambre, la enfermedad y los cañoneos enemigos. La moral no dejaba de caer, como el pico sobre el pedregoso suelo para abrir cuantas fosas fuesen necesarias o posibles para enterrar a los muertos.

Esta primera parte finaliza con la capitulación de Monte-Arruit y la posterior traición de los moros, que se entretuvieron asesinando impunemente a miles de hombres que habían entregado sus armas, extenuados y moribundos. 

Un cuadro tétrico de impotencia, de errores que se suceden y acumulan; de abandono desde los despachos ministeriales hacia miles de hombres entregados a la ruina más indecorosa. La vergüenza ser un sentimiento constante en las notas de Pérez Ortiz y que confiesa tener también durante los dieciocho meses siguientes de cautiverio.

La segunda parte del relato da comienzo cuando Pérez Ortiz es rescatado en medio de la orgía de sangre y odio y es llevado a la kábila de los Beni-Musi. Aunque es un prisionero y en más de una ocasión es presentado como un animal de feria, Pérez Ortiz agradece haber caído en semejantes manos, pues aunque tenían mucho de lo que despreciaba de las gentes del Norte de Marruecos, estos lo consideraban un ser humano a respetar y le concedían buena parte de sus escasas pertenencias y provisiones para su sustento. 

De su salvador y las mujeres Beni-Musi conservaría buen recuerdo, lo cual solo se extiende, en el tercer y último tramo de la autobiografía, hacia dos personajes: Idris-ben-Said, todo un caballero en palabras del autor, y Fakir Hamed, alias Canillitas, un piadoso santo que se mereció el cielo. Pérez Ortiz ha de ser entregado a la kábila de los beniurriagueles de Abd-el-Krim, compartiendo cautiverio con varios oficiales y compañeros de fatigas de los tiempos de Monte-Arruit; los moros que tendrían como carceleros merecieron muchos y variados epítetos, siendo el favorito del teniente coronel el de gorilas, pero tenía otros tales como bárbaros, sucios, mezquinos, embusteros, ladrones, impíos, cínicos, asesinos, inhumanos… Los hay granados y de todo gusto y graduación según el momento.

La estancia con los beniurriagueles fue siempre agónica. El maltrato físico y psicológico era el pan nuestro de cada día, padeciendo lo indecible entre el calor y el frío, el hambre y las amenazas y represalias de los carceleros. Pérez Ortiz hace una completa crónica de los abusos sufridos y de los asesinatos injustificados que fueron mermando la población de la celda, así como las muertes por consunción y enfermedad sin que nada pudiera conmover a los moros que los vigilaban de cerca. Puede que este relato resulte demasiado reiterativo, pero es que no había mucho motivo para la agradable sorpresa durante tantos meses de prisión. Solo Canillitas, un hombre piadoso y bueno, y las palabras de ben-Said mantenían al grupo cohesionado y en disposición de enfrentarse a la adversidad y a los reveses que sufrían las negociaciones para su libertad y la de tantos y tantos desdichados en la cercana Ben-Kámmara que parecía que nunca terminaban de concretarse.

Ya, al final, cuando los prisioneros son devueltos a las autoridades españolas y repatriados a Melilla, uno no puede hacer otra cosa que indignarse y emocionarse ante la suerte de varios hombres que perecieron poco antes de embarcar y que, incluso, lo hicieron durante el trayecto a la ciudad española. También por aquellos cuyas vidas habían sido arruinadas para siempre tras los largos meses de cautiverio y el maltrato recibido.

El teniente coronel fue tomando nota de lo que pudo durante todo aquel largo periplo de desgracias. Sorprende su capacidad de detalle cuando se supone que apenas cuenta con material de escritura y le roban constantemente las pertenencias; mas no parece haber lugar para que la promiscua memoria haga flaquear el texto verídico, con lagunas importantes o hipérboles. Bien es cierto que nada más recuperar la libertad se puso a trabajar en el manuscrito que se editó al año siguiente.

De la forma que tenía de tomar nota tenemos, en el último tramo, una trascripción de su diario sin aportar nada más, cuya razón no queda clara tras una larga narración pormenorizada y al detalle, donde cabía más que un mero telegrama.

En su prosa se advierte en Pérez Ortiz a un hombre instruido y amante de las Letras. No es una relación fría y hosca de libro de texto militar, si no rica en matices, así como de genuina humanidad hacía sus compañeros, con independencia del rango, dando honesta visión de la brutalidad de la guerra. Es un hombre de armas y un patriota, alguien que luchó, pero que por ello no adorna los hechos con tópicos alegóricos que hacer brillar estatuas sin un grumo de sangre seca que las ensucie

Uno de los hechos más impactantes que Pérez Ortiz describe del sitio de Monte-Arruit es cuando pasa junto a un muchacho que agoniza, al que le falta parte de la cabeza y a quien nadie hace el más mínimo caso ni atiende; así como la descripción de los cadáveres apilados en una habitación a la espera de una posible (que no asegurada) sepultura, de cuerpos hinchados de las bestias que es imposible llevar fuera del recinto por el hostigamiento sin tregua de las baterías enemigas.

Es el relato de la más cristalina desesperación, sin pretender ser desagravio de nadie. Pérez Ortiz quiere remover las conciencias de aquellos que habían dejado a los hijos de España desprotegidos y abandonados en otra eterna guerra de Marruecos; a chiquillos que apenas sabían sostener un fusil y que eran conducidos con negligencia hacia un matadero que se veía venir.

Pérez Ortiz fue uno de tantos desengañados que lucharon y se dieron cuenta de que su sacrificio era un hito marchito para el honor patrio y punto y final. Su crónica se conserva por suerte, palabras escritas en el campo de batalla y en la celda, siempre tan desagradables para el ciudadano de a pie y contemporáneo que no tiene tiempo para estos hombres. ¿Egoísmo endémico o el sino de nuestra nación?