jueves, junio 22, 2017

«Poison», Alice Cooper



Your cruel device,
Your blood like ice.
One look could kill,
My pain, your thrill.

I wanna love you, but I better not touch (don't touch)
I wanna hold you, but my senses tell me to stop
I wanna kiss you, but I want it too much (too much)
I wanna taste you, but your lips are venomous poison

You're poison runnin through my veins
You're poison, I don't wanna break these chains.

Your mouth, so hot
Your web, I'm caught
Your skin, so wet
Black lace on sweat

I hear you callin and it's needles and pins (and pins)
I wanna hurt you just to hear you screaming my name
Don't wanna touch you, but you're under my skin (deep in)
I wanna kiss you, but your lips are venomous poison

You're poison runnin through my veins
You're poison, I don't wanna break these chains
Poison

One look (one look), could kill (could kill),
My pain, your thrill.

I wanna love you, but I better not touch (don't touch)
I wanna hold you, but my senses tell me to stop
I wanna kiss you, but I want it too much (too much)
I wanna taste you, but your lips are venomous poison

You're poison runnin through my veins
You're poison, I don't wanna break these chains
Poison

I wanna love you, but I better not touch (don't touch)
I wanna hold you, but my senses tell me to stop
I wanna kiss you, but I wanna too much (too much)
I wanna taste you, but your lips are venomous poison

Yeah
Well I don't wanna break these chains
Poison

Runnin deep inside my veins
Burnin deep inside my veins
Poison
I don't wanna break these chains

Lectura de 22 de Junio de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 756 (Variable). Estratos
  • Termómetro: 26º
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22 de Junio de 2017



miércoles, junio 21, 2017

Santa Cruz de la Mar Pequeña

La primera vez que escuché hablar de Santa Cruz de la Mar Pequeña fue una tarde de fin de semana, una de esas lluviosas de invierno que se pasan al calorcito del televisor, una vez ocultado el sol. A saltos, de canal en canal, y tratando de vencer una pesada letanía, me fui deslizando por la parrilla hasta que tropecé con Miquel Silvestre y su motocicleta BMW, perdidos en algún punto de las, en su día, posesiones españolas en el continente africano. Por no seguir trastabillando sobre el mando — aunque, para ser sinceros, no aguanto al bueno de Silvestre—, solté el ancla en la Segunda cadena de RTVE.

Llegó el instante en el que la pantalla mostró una playa y los restos de una torre de planta cuadrangular. Era lo que quedaba de la fortaleza de Santa Cruz de la Mar Pequeña, el enclave más antiguo en el continente africano donde ondeó la enseña de Castilla, allá, en el s. XV; ahí es nada.

Hasta ese preciso instante, como he confesado sin rubor alguno, nunca había oído mencionar de esta Santa Cruz y merezco ser azotado (o quizá no sea para tanto). Ese nombre tan largo para tan lejano territorio se me quedó grabado y con este pequeño artículo he tratado de poner remedio a mi ignorancia, sintetizando algunos de los más vetustos y enfrentados estudios que hacen mención a la conquista, posesión y discusión de este confuso paraje y que, en su momento, dio mucho que hablar en una serie de negociaciones con los gobernantes de Marruecos, ya en el s. XIX.

Se dice que Santa Cruz de la Mar Pequeña forma parte de la conquista castellana de las islas Canarias, encabezada  por Juan de Bethencourt, vasallo del rey Enrique III, allá por 1402. Aún no teniendo metido en el bote, ni por asomo, el conjunto del archipiélago, Bethencourt puso su interés en el cercano continente, y aquí comienzan las destempladas discusiones acerca de lo que realmente sucedió:

Según unos, Bethencourt aprestó una fragata con quince hombres por tripulación y fuerza. Al parecer, barajó la costa africana entre cabo Cantín (Beddouza) y el río de Oro y algo más allá, lo que da a la expedición cierto cariz explorador y poco más.

Según otros, fijando la fecha de salida de Bethencourt el 6 de octubre de 1405, tres galeras se echaron a la mar en Fuerteventura con Gran Canaria como destino final, pero los céfiros empujaron a la pequeña flota hasta cabo Bojador, donde permaneció ocho días de escaso ocio, apresando cautivos de una tribu de la zona.

Según el padre Abreu Galindo, Bethencourt puso pie en la zona conocida como los Médanos, en el desierto del Sáhara, cifrando el número de inocentes apresados en 60, entre hombres y mujeres, que fueron inmediatamente llevados a España como esclavos.

Y hasta ahí podemos leer. No parece haber nada más reseñable acerca de la presencia española en la ya conocida como Santa Cruz de la Mar Pequeña, ni siquiera cuando Maciot de Bethencourt, quien se hace poco después con la gobernación de las Canarias, hizo la jugada de la doble venta del territorio al conde de la Niebla y al infante Pedro de Portugal. Debió darse entonces un interesante caso para los juristas acerca de quién de ambos adquirientes del mismo pago ostentaba potior iure. Curiosamente, la discusión se zanjó con los lusos alegando que la Mauritania tingitana romana formó parte de la monarquía goda; poco menos que un brindis al sol, pero que coló a favor de los castellanos.

Con el paso de los años, la titularidad de las islas acabó en manos de doña Inés de Peraza, nieta de Guillén de las Casas y esposa de don Diego García de Herrera*1

Herrera mandó construir una torre-fortaleza*2 hacia 1478, en un punto de la costa a 33 leguas de travesía de mar desde Lanzarote, junto a la boca de un río que entraba en tierra más de tres leguas y que permitía la entrada y fondeo de bergantines, goletas, fustas y otras embarcaciones mayores.

El castillo de la Ysleta —a cuyo cargo de capitán y alcaide estuvo el sevillano Jofre Tenorio (no confundirlo con el famoso almirante de Castilla)—, sentía en sus almenas la presión constante de un ejército compuesto por más de diez mil infantes moros y tres mil lanzas. En un momento dado, Herrera, tras asistir a la boda de su hija Constanza con Pedro Hernández de Saavedra, mariscal de Castilla y señor del Sahara, debió acudir en auxilio de la plaza con cinco navíos y setecientos hombres de armas, entre los que se encontraban Juan Alonso de Sanabria, gobernador de Fuerteventura y capitán de las compañías de África.

Herrera rompió el sitio haciendo bramar las culebrinas de abordo y barriendo el campo moro a golpe de metralla. El desembarco del grueso de las tropas de refresco se efectuó hacia la medianoche, quedando Alonso Cabrera como comandante de la guarnición.

La inquina local hacia el enclave castellano estaba de sobra justificada, pues desde allí partían regularmente cabalgadas andaluzas y canarias hacia el interior del continente en busca de esclavos y mercancías que se tomaban, como era de esperar, por la fuerza.

Hubo paz durante algunos años, hasta que Jofre Tenorio asumió el cargo de alcaide. La fortaleza cristiana volvió a verse convulsionada ante el sitio a la que se le somete por medio de otro ejército de diez mil efectivos a pie y otros dos mil a caballo. Tenorio tuvo tiempo de pedir auxilio a Lanzarote, desde donde Herrera de nuevo da muestra de su presteza y ardor guerrero, dirigiendo cinco bajeles con setecientos hombres de armas abordo.

Diego García de Herrera, conquistador de las siete islas, señor del Reino de la Canaria y del Mar menor de Berbería, falleció el 22 de junio de 1485, tomando el testigo del interés por el África continental el murciano Alfonso Fajardo, de la casa de los marqueses de Vélez, leal servidor y vasallo de los Reyes Católicos durante la toma de Granada, quien reedificó la fortaleza de la Ysleta y levantó Santa Cruz de la Mar pequeña (cumpliendo el decreto real de 29 de marzo de 1492)*3 y las defendió de los continuos ataques del rey Fez.

Durante sus años de esplendor, la fortaleza adoptó un cariz comercial como factoría al estilo portugués, con continuos intercambios pacíficos con las tribus cercanas, aunque Fajardo contaba con el reparo de que los nobles de las Canarias seguían tomando dicho punto geográfico como de partida para sus brutales cabalgadas. Fajardo rogó a los católicos monarcas la declaración de zona exenta de entradas, amparándose desde 1499 a todo aquel que acudiera a la torre a comerciar, independientemente de su condición religiosa y/o procedencia; aunque tras la muerte de Isabel I de Castilla la cosa comenzó a desmadrarse, pues los canarios veían en Santa Cruz de la Mar Pequeña un fuerte competidor en contra de sus intereses comerciales.

Los jerifes ya no pudieron demorar más la guerra sobre el territorio tras la irrupción de la corriente sufista en el Islam, importando bien poco la anterior y correcta gestión y diplomacia del gobernador Lope Sánchez de Valenzuela (obteniendo el vasallaje de las notables tribus al norte de la fortaleza, en el reino de Bu-Tata). La zona debía volver a ser retomada por los musulmanes, siendo expulsados los cristianos. El rey Fez, ya en el año 1524, conquistaría la fortaleza y, por lo visto, la mandó destruir hasta los cimientos.

Ese mismo año de 1524 el adelantado D. Pedro de Lugo planeó reedificar la estructura, pero no parece que alcanzara éxito alguno. Y así quedó tal emplazamiento que se pretendió alzar de nuevo en varias ocasiones, como asegura Próspero Casola, oficial de ingenieros del rey Felipe II, quien da a entender el interés del emperador Carlos V en Santa Cruz de la Mar Pequeña. Lo cierto es que las viejas y esquivas ruinas, no siempre a la vista de los exploradores que llegaron a pisar aquel desierto en los siglos siguientes, sirvieron (entre otros puntos geográficos) a España, ya en el s. XIX, para determinar los límites de sus posesiones africanas y del añorado Sáhara español.


Lectura de 21 de Junio de 2017 a las 1200 horas



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martes, junio 20, 2017

Guardia de literatura: reseña a «Colorado kid», de Stephen King

Título original: «The Colorado Kid»
Primera edición. 2006
Random House Mondadori. Barcelona
ISBN: 84-9793-861-5
151 págs.
Un Kit Kat para King, quien ha pretendido dar a entender a sus fans que no hace falta que el terror se inmiscuya en las vidas de sus personajes para construir un drama desasosegante

Solo alguien de la talla (y los números) de Stephen King podría haber convencido a su editor para que publicara esta novela corta de forma independiente, sin servir de dilatado entrante a un menú de relatos cortos de variada intencionalidad literaria.

«Colorado kid» se presta a ser un descanso para el viejo King y una fórmula perfecta para regresar a los años de adolescencia, a cuando hacía sus pinitos como articulista deportivo en un periódico, antes de ganarse a duras penas el pan con la enseñanza y forrarse el riñón con la literatura, incluso antes de los tiempos de sus primeras publicaciones en Playboy.

El cuerpo larguirucho de King muta hasta convertirse en Steffi McCaan, una veinteañera de melena de fuego, becada durante tres meses en el periodiquillo The Weekly Islander de la isla de Moose-Lookit, frente a la costa de Maine; aunque Steffi, es lo cierto, se presenta como público y no como narradora. La chica ha tenido una suerte morrocotuda y recibe clases de profesionalidad por parte de dos generosos profesores, un par de viejos periodistas que suman más de cien años de experiencia. Y nosotros pasamos a ser espectadores también, invitados invisibles a una conversación que dura 150 páginas en las que no habrá resquicio alguno para que un monstruo se materialice entre las difusas sombras que bañan un armario con la puerta entornada, dispuesto a inquietarnos el sueño, ni para que unos morbosos vampiros o unos engorrosos extraterrestres nos obliguen a bombear sangre a los músculos de las piernas para que pongamos tierra de por medio; ni siquiera habrá oportunidad para que nadie culmine la pesada tarea de decorar una habitación con unas preciosas manchas de sangre y algo de masa encefálica de su última víctima.

Como recalcan los dos ancianos, Vince y Dave, el misterio sin resolver que se guardan para ellos dos solos, el de la extraña muerte de Jim Cogan, Colorado Kid, no tiene (aún) hilo que permita publicar un reportaje al respecto; es un cabo deshilachado por demasiados sitios, que no se solventa con una supuesta muerte por atragantamiento, dictaminada por el forense un cuarto de siglo atrás, pues hay que llegar a saber cómo es posible que Cogan llegara desde su hogar, Denver, hasta Moose en tan poco tiempo y qué le empujó a ello. Por suerte, los dos veteranos pudieron entonces dar con la identidad del fallecido, que solo había dejado unas contadas pistas que se resumen en un paquete de tabaco, una moneda de diez rublos, un trozo de carne atorado en la garganta y pescado con patatas disuelto en el estómago, a las que se uniría después una supuesta y ejemplar vida familiar en Denver.

En tres actos que discurren en tres escenarios diferentes, como son el restaurante Grey Gull y el porche y la redacción del Islander, Steffie conocerá, a la par que se enfrenta a constantes exámenes orales para poner a prueba su inteligencia y astucia como periodista, la extraña muerte de Colorado kid y de lo que le pudo suceder durante las horas previas a tan luctuoso hecho; un relato Marlowiano al limón y sin resolución, pues el misterio que encierra Jim Cogan se lo llevó éste a la tumba, con el que King nos deja con un palmo de narices, pero sin que hayamos sido capaces de haberlas levantado del texto un solo instante.

King, intercalando notas documentales adquiridas en anteriores trabajos de investigación y novelas («El resplandor» o «Cementerio de animales»), ha pretendido dar a entender que no hace falta que el terror se inmiscuya en las vidas de sus personajes para construir un drama desasosegante; pero, dicho sea de paso, tampoco es que se haya esforzado en demasía por ofrecer una prosa más completa. Como ya se indicó al comienzo de esta reseña, es un intermedio, un break. Y a eso huele este librito al olfatearlo tras su lectura que, en no pocas ocasiones, puede resultar monótona aún con los fustigazos que se recibe en las posaderas, alimentando la curiosidad por saber todos detalles y secretos que se guardan ese par de viejos periodistas y qué posible resolución puede surgir en cualquier instante.

No habiendo final en sí, no sabemos si King ha sufrido de nuevo uno de sus típicos ataques de ansiedad que le impiden cerrar las últimas páginas como Dios manda.

Lectura de 20 de Junio de 2017 a las 1200 horas



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martes, junio 13, 2017

Guardia de cine: reseña a «Los duelistas»

Título original: «The Duellists». Año 1977. Duración: 101 minutos. País: RU. Drama histórico. Dirección: Ridley Scott. Guión: Gerald Vaughan-Hughes. Reparto: Keith Carradine, Harvey Keitel, Edward Fox, Albert Finney, Cristina Raines, Robert Stephens, Tom Conti, Diana Quick, John McEnery

Adaptar un clásico de la Literatura de escaso desarrollo en páginas y complejidad narrativa puede ser una excelente elección para un director primerizo o un error monumental. En el caso de «Los duelistas» el resultado no puede ser más positivo

Ridley Scott se las vio muy virginal él con esta obra de Conrad que trató de trasladar a imágenes cinéticas con acierto al principio, pero no tanto hacia su tramo final. Es de agradecer la mundanidad que se aporta a los personajes, que dejan de estar acartonados, rebajando el tono formal de Conrad en sus descripciones y convirtiéndolos en hombres más cercanos; incluso la intrusión de Laura en el guión, esa prostituta, amante, esposa y viuda de regimiento que mina la determinación de D’Hubert y se estrella sin remedio ni consuelo contra el muro de sólido y pétreo orgullo de Feraud. 

Las escenas se desarrollan con fidelidad al texto original, pero incluyendo detalles que lo dotan de vida, aunque una cinta de apenas noventa minutos está condenada de ante mano a pasar muy de puntillas sobre aspectos, como los finales, que harán dudar al espectador acerca de las ideas políticas de la familia del propio D’Hubert y de la que será su querida esposa; como tampoco se aprecia en la interpretación de Keith Carradine (no tan mayor como se nos describe en la corta novela, siendo que no le hace casi mella el transcurso de quince años de guerras y sinsabores) o esa intensa lucha interior, ese desasosiego que conduce al insomnio, ante el duelo final, pues está formando una familia, hay personas que depende de él y ya no comparte el ardor juvenil y negligente más propio del ya decrépito Feraud. Tampoco parece haber lugar en la película para resaltar la lucha de clases que Conrad matiza y suaviza, pero que está ahí; tanto es así que el propio D’Hubert es incluso más protagonista principal y casi único que en la obra literaria y Feraud, aunque tenga el rostro y buen hacer de Harvey Keitel, pasa a un más que segundo plano, con una ferocidad y orgullo desprovistas, si cabe, de todo fundamento.

En cuanto a la ambientación, es un placer para la visión, con una labor de vestuario excepcional y unos exteriores dignos, alejados de la pátina hollywoodiense del cartón piedra de las producciones históricas, con una especial atención al detalle y un estudio que hace merecer muchos puntos positivos para una película dirigida por un indiscutible tras la cámara.

Se echa en falta una media hora más para ahondar en la figura de Feraud, para que parezca menos ridículo al hacer creer que su odio hacia D’Hubert se debe a su propia maledicencia y flemática umbilical pronapoleónica. Como dije arriba, se necesitaba más metraje para dar a entender esa lucha de clases en los años de ascenso e imperio de Napoleón Bonaparte, saber qué separa realmente a D’Hubert, un chico mimado de cuna burguesa, de Feraud, hijo de la Francia humilde que dio combustible a la Revolución y que sigue chapoteando en el fango sin que se le permita tener altitud de miras. No hay rastro de esa dicotomía, lo cual es una falta que le resta enteros a la producción en cuanto a su fidelidad con el texto, aunque se presente como una exquisita carta de presentación, digna y de buen gusto, para un cineasta que apuntaba maneras.


Lectura de 13 de Junio de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 753,5 (Variable). Lloviendo
  • Termómetro: 22º
  • Higrómetro: 40%

miércoles, junio 07, 2017

Abordo del L61 Juan Carlos I el sábado 3 de Junio de 2017

Desde el muelle (tanto al acceder como al salir)














Garaje de carga pesada y dique inundable









Garaje de carga ligera y hangar












Cubierta de vuelo


















Desde el mirador del CC A Laxe