jueves, mayo 25, 2017

«Love Is Like Oxygen», Sweet



Love is like oxygen
You get too much you get too high
Not enough and you're gonna die
Love gets you high

Love is like oxygen
(love is like oxygen)
You get too much you get too high
(you get too much you get too high)
Not enough and you're gonna die (gonna die)
(love is like oxygen)
Love gets you high

Time on my side
I got it all
I've heard that pride
Always comes before a fall

There's a rumour goin' round the town
That you don't want me around
I can't shake off my city blues
Every way I turn I lose

Love is like oxygen
(love is like oxygen)
You get too much you get too high
(you get too much you get too high)
Not enough and you're gonna die (gonna die)
(love is like oxygen)
Love gets you high

Love is like oxygen
(love is like oxygen)
You get too much you get too high
(you get too much you get too high)
Not enough and you're gonna die (gonna die)
(love is like oxygen)
Love gets you high

Time is no healer
If you're not there
Lonely fever
Sad words in the air

Some things are better left unsaid
I'm gonna spend my days in bed
I'll walk the streets at night
To be hidden by the city lights, city lights

Love is like oxygen
(love is like oxygen)
You get too much you get too high
(you get too much you get too high)
Not enough and you're gonna die (gonna die)
(love is like oxygen)
Love gets you high

Love is like oxygen
(love is like oxygen)
You get too much you get too high
(you get too much you get too high)
Not enough and you're gonna die (gonna die)
(love is like oxygen)
Love gets you high

Love is like oxygen
Love is like oxygen
Love is like oxygen

Lectura de 25 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



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miércoles, mayo 24, 2017

Reseña biográfica a Stanley Hiller Jr., padre de los «drone-cars»

Desde hace unas pocas semanas, más o menos (tampoco hay que ser tan puntilloso, aunque diría que fue hacia comienzos de Febrero de este 2017), comenzaron a sangrar nuestros tímpanos gracias a una ensordecedora algarabía, tan desagradable como la que produce un pobre perro callejero al que unos crueles chicuelos le han atado al rabo unas latas de conserva vacías y corre tanto como le permiten sus flacas patas y su miedo; una sombra gris, rápida y llorosa.

Un delirante ruido de batir de palmas ante la presentación de la última realidad nacida del ingenio humano: los primeros pasos del uso y desarrollo civil de los drones*1 quadrópteros para el transporte autónomo de personas y mercancías. Entonces se presentó el proyecto de una flota de aerotaxis para cierta ciudad de la península arábiga afectada de atascos de tráfico crónicos; aparatos que se pilotan solos y que llevan al cliente de un lado para el otro entre rascacielos, obscenos monumentos al lujo desmedido y construidos con mano de obra casi en régimen de esclavitud.

Aero-Taxi de la compañía Ehang y Pop-up de Airbus
A dicha oferta en ciernes se le ha unido, no sé si antes o después, la de cierta aerolínea con su propio vehículo autónomo, que lo mismo recorre autopistas y callejones mediante coordenadas GPS, que se le adosa un quadróptero y se echa a volar como feliz abejorro y aterriza en un vagón de tren especialmente diseñado; todo sea para que el usuario no tenga que soportar una pizca de incómodo contacto humano con un chofer o cualquier otro cliente de la compañía.

Incluso veremos estos vehículos a la venta junto al turismo de última generación. Para qué usar neumáticos y rodar por las carreteras si se puede volar…

Todo ha sido un «¡oh!, ¡ah! y ¡bah!» orgásmico y la cosa amenaza con ir in crescendo, como el tamaño de los smartphones, pero esta “nueva” tecnología de drones civiles de transporte dista mucho de considerarse “joven”. Si el concepto de submarino y helicóptero se lo debemos a Leonardo da Vinci y Steve Jobs recibió un judicial “zas en toda la boca” al desestimarse que él fuera el inventor de las “tablets” (pues ya aparecían en «2001, una odisea espacial», de Stanley Kubrick (como el caso de las pantallas planas con «Fahrenheit 451», de François Truffaut)), los drone-cars se deben al magín de Stanley Hiller Jr. (1924-2006), quien ya los presentó durante la década de 1950.

Stanley Hiller Jr.
El joven Stanley creció en una casa en la que se sentía verdadera pasión por la aeronáutica. No en vano, su padre construyó en 1910, a la edad de veinte años, su primer avión, uno de tantos en la larga lista de cuarenta patentes registradas. Normal que al niño se le pegara cierta afición y vocación por la ingeniería, llegando a usar un motor de lavadora para construir, a los ocho años, su propio coche de carreras, por culpa del cual fue varias veces detenido por la Policía; probable embrión del Comet, un modelo de coche de carreras de juguete y motor de gasolina muy popular que llegaba a generar 60 millas por hora de velocidad y cuya construcción en cadena en una fábrica en Palo Alto, California, le permitió a un adolescente de diecisiete años amasar una fortuna de 100.000 dólares anuales, siendo que la universidad de Berkeley ya se había fijado en él.

El joven Stanley conocía los secretos del vuelo desde los diez años y sus innovadores proyectos y trabajos en aluminio, como en el caso de su fundición, le llevaron a trabajar en 1942, en plena segunda guerra mundial, para el Gobierno de los EEUU en la construcción de piezas para cazabombarderos.

El contacto con el mundo militar le permitió seguir de cerca la evolución de los trabajos más punteros en ingeniería y sentía verdadera pasión por Igor Sikorsky. Stanley fue capaz de averiguar un fallo crítico de diseño de Sikorsky y propuso la colocación de dos rotores que giraran en direcciones opuestas (rotores coaxiales, claramente inspirados en los trabajos de da Vinci) que diera más estabilidad, presentando a los 19 años un modelo de unas cien libras de peso al Ejército: el XH-44.

Existía cierta carrera hacia el dominio del despegue vertical entre los ingenieros de los bandos enfrentados.

Sedan civil de Hiller (Popular Mechanics, Junio de 1957)
En 1944, Stanley es reseñado en la publicación Mechanix Illustrated en un momento en el que había muchos ingenieros enconados en sacar adelante sus propios autogiros perfeccionados. Pero Stanley tenía al Gobierno de su parte y montones de dinero público, alcanzando un alto grado de conocimientos técnicos que lo llevarían a su próximo proyecto: un helicóptero que se podría aprender a pilotar en cuestión de minutos y que lo podría llevar cualquier persona; un medio de transporte autónomo que serviría al hombre de a pie y que, en su día, ya se vendía como la mejor forma de evitarse atascos y llegar antes a los sitios (¿de qué nos suena esto?). Aunque pudiera sonar a sueños de ciencia-ficción, sobre todo para los que aún no nos hemos subido a un helicóptero que haya despegado del suelo, Hiller no preconizaba nada que no estuviera en el ideario popular. Se daba por sentado que todo el mundo adquiriría, en un futuro cercano (como aquel en el que habría colonias fuera de la Tierra), un helicóptero de bajo coste que podría aparcar en su garaje o con el que aterrizar en los helipuertos que se instalarían en los edificios de nueva construcción. De hecho la misma Mechanix Illustrated, en 1946, publicó en portada una ilustración con un vehículo con forma de automóvil coupé y quadróptero, que era idea de Stanley Hiller.

En marzo de 1950, Mechanix Illustrated presenta el VJ-100 de un Stanley Hiller que acababa de cumplir los veinticinco años: un aparato de despegue y aterrizaje vertical que era, teóricamente, capaz de volar a 650 millas por hora; un jet civil para vuelos estratosféricos. Aunque la mente de Hiller debió ponerse de nuevo al servicio del Ejército con la guerra de Corea recién iniciada, seguía preconizando un futuro a la vuelta de la esquina con platillos voladores familiares civiles. La gente quería de verdad un sedan volador, una alfombra mágica, como diría Thomas E. Stimson Jr., de la revista Popular Mechanics, y volvió a maravillarse con el coche de Hiller presentado en 1957 para el futuro 1967, cuyo aspecto y concepto nos resulta bastante familiar, ¿no creéis?

Transporte quadróptero para el Ejército de los EEUU (Popular Mechanics, Junio de 1957)
Y, por supuesto, el Ejército de los EEUU quería un jeep volador. Posiblemente las presiones gubernamentales y el escaso desarrollo tecnológico que hoy nos ha permitido ver los drones como algo familiar, condenaron a los proyectos Flying Jeep y su versión Recon de cuatro rotores al olvido, pues los accidentes graves se sucedían, sin visos de éxito alguno.

Distintas interpretaciones del Jeep para el Ejército (Popular Mechanics, Junio de 1957)
Desahuciado oficialmente (que no por ello extraoficialmente), Hiller se dedicó al diseño y construcción de helicópteros con notable éxito, siendo su labor reconocida en el 2000 por el Museo Smithsonian, falleciendo seis años después por complicaciones derivadas del Alzheimer y una neumonía, a los 81 años.

De los diseños y prototipos de estos años '50 podemos apreciar que son los padres de vehículos como el avión Osprey y los drones con los que hasta Amazon pretende hacer llegar pedidos. A día de hoy, creo firmemente que un alto número de avistamientos lejanos de los llamados OVNI eran estos drones, de Hiller o de cualquier otro ingeniero. La forma de moverse, brusca y anárquica, de dirección y velocidades cambiantes, con sus luces y cercanía al ser humano, unido a mi escepticismo y al endogámico secretismo militar, me hacen tragar casi sin dificultad mi teoría y no la de seres de otros mundos haciendo turismo en el nuestro (aunque no niego esos encuentros en tercera y cuarta fase reportados).

Hiller, en 1957, presentó su sueño de un futuro transporte personal y familiar por el aire, de drone-cars quadrópteros que, hoy día, se nos presentan erróneamente con el último grito de la ingeniería. Por desgracia, Hiller no está entre nosotros para poder ver cómo se materializa su sueño, aunque no sabemos qué opinión le merecería la forma a distancia de pilotarlos.

Lecturas de 24 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



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martes, mayo 23, 2017

Guardia de ensayo: reseña a «La Escuadra del almirante Cervera», de Alberto Risco

"Narración documentada del combate
naval de Santiago de Cuba"
Segunda edición (aumentada)
Jiménez y Molina, impresores
Madrid. 1920
Obra profusamente comentada, es una síntesis excelente de los hechos que marcaron el devenir de la España del s. XX, tras una despedida sangrienta a la centuria anterior y al Imperio

El Desastre del ’98 supuso un quebranto en la sociedad e Historia de España. Un hito que se restringe práctica y erróneamente a una única fecha: el 3 de julio de 1898, cuando seis buques de guerra de la Escuadra del almirante Pascual Cervera son cazados como ratones a la salida de su madriguera por alrededor de ciento veinte gatos salvajes y hambrientos, de garras afiladísimas. Un hecho heroico y suicida. Una acción militar que recibió calificativos de todo tipo, más o menos elogiosos y otros tantos peyorativos. Entre estos últimos destacarían aquellos nacidos del magín de los que vieron la contienda desde el otro lado de la barrera de un periódico que transmitiera las noticias recibidas por telegrama y escuchadas por entre los sillones del Congreso; y es que la salida del puerto de Santiago de Cuba, a pleno sol, pasadas las 0930 horas de aquella mañana de julio, obedeció a la necesidad de acallar las constantes críticas de una opinión pública exacerbada que puso al buen almirante y a todos sus hombres a caer de un guindo. También estaba el hecho de la predecible y pronta capitulación de la plaza (que dataría del 17 del mismo mes, cuando las guarniciones contaban con munición suficiente para aguantar un solo día más de combate; guarniciones que, como el Ejército español de Oriente en pleno, mostraron su disconformidad ante semejante «bajada de pantalones»), lo que podría conllevar la deshonrosa captura por el enemigo de la escuadra completa e intacta.

Cervera alcanzó la isla de Cuba cumpliendo el deber impuesto, aún quejándose con ardor y amargor contra paredes de ladrillo ministeriales que esperaban (eso me temo) un nuevo e irremediable Trafalgar con el que la ciudadanía española aceptara a regañadientes, pero lo haría, la pérdida de los últimos territorios de Ultramar. Cuanto antes sucediera, mejor. El almirante abogó por proteger Canarias y la península, a merced de cualquier acción hostil, pero el ministro Bermejo tan solo jugaba con el veterano oficial, haciéndole recorrer el Atlántico y el Caribe como gallinita ciega tras un carbón que se escurría por entre los dedos, con unas dotaciones sin formar y unos pañoles repletos de casquillos defectuosos de la casa Armstrong (¿sabotaje inglés?) que, en combate, producirían tantas bajas como los proyectiles arrojados por los enemigos sobre los buques españoles.

El 3 de julio culminó la gesta española iniciada en 1492, destronando a Castilla y sus herederos como enseña de potencia de primer orden mundial, puesto que apenas rozó gracias al cuestionable acuerdo entre Bush, Blair y Aznar en las Azores. Y Alberto Risco (1873-1937), contemporáneo de los hechos que describe y un verdadero erudito en la materia, escribió con paciencia y buena letra una obra que brilla con luz propia; aunque existen muchos libros y monografías que tratan del asunto, incluso redactados por protagonistas durante la funesta jornada  —como es el caso del comandante del crucero Infanta María Teresa, Víctor Concas—, este «La Escuadra del almirante Cervera» es un estudio comparativo, ideal para todo aquel que se adentre en estas procelosas aguas y quiera explorar acompañado de una guía leal por entre la casi inagotable bibliografía consultada por Risco. Un estudio que se materializa en un libro de poco menos de quinientas páginas, pero que se nutre de fuentes nacionales e internacionales como las actas del Congreso de los Diputados, telegramas ministeriales y de guerra (destaca la obra «Colección», publicada por el propio Cervera y que recoge todas las comunicaciones habidas entre los buques de la Escuadra y entre ésta y loas diferentes autoridades), artículos periodísticos y análisis, así como cartas personales que Risco tuvo la oportunidad de copiar para completar su trabajo. Completa la obra con extractos de opiniones formadas y, también, subjetivas de marinos y políticos, así como de eruditos navales como lo fueron Alfred T. Mahan entre otros, confeccionando una pequeña joya histórica.

Risco parte del momento en el que se redacta la orden de zarpar hacia las Antillas y termina con el instante en el que llega la paz y la liberación de los cautivos; y lo hace con una prosa inflamada y pasional que descarga una ira titánica contra los ineptos que no escucharon o no quisieron escuchar a Cervera, sabedor de antemano del triste destino al que conducía a sus hombres, a merced de las víboras que medraban a la sombra de los leones del Congreso y cuyo pasatiempo más distraído era faltar al respeto a los que empeñaban salud y vida en la encomienda. Pena da que la sociedad española viviera engañada ante el verdadero cariz y signo de la guerra, siendo cuidadosamente preparada para el Trafalgar de finales del s. XIX.

Y tanto ardor patriótico dedica Risco a dicha tarea enmendadora que podría ser considerado como la pega que merece nuestra crítica, pues parece hacer desmerecer su labor de síntesis objetiva; pero, como autor coetáneo a los hechos, estaba en su derecho y yo no soy quién para sentirme ridículamente afectado y, mucho menos, calentarme las manos al fuego de la pusilanimidad y lo políticamente correcto de nuestro 2017, lacra que, incluso, llega a hender con fuerza mi corazón.

La obra que firma Alberto Risco está profusamente comentada mediante notas a pie de página que nos derivan a multitud de obras y a unos interesantísimos apéndices. Trata de identificar a todos los que ponen pie en sus páginas, a cada uno de los protagonistas, sin olvidarse de la sufrida marinería (siempre relegada), revolviéndose como gato panza arriba contra los fariseos que restan mérito a las acciones, decisiones y secuelas físicas y psíquicas de los vencidos, pues fueron mejor recibidos en los EEUU que en la propia España. 

«La Escuadra del almirante Cervera» es una lectura agradable, ilustrada, nada farragosa, sincera y de herida sin cicatrizar; el autor sintetiza datos sin pretender sentar cátedra, pero sí acusar a los ineptos de gabinete, gracias al cual ahondaremos, pasado casi un siglo desde su publicación, en un periodo de nuestra Historia cuyo único denominador común fue una tristeza casi de leyenda para aquellos que fermentan de estupidez dentro del sistema actual.

Lectura de 23 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



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lunes, mayo 22, 2017

Lectura de 22 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



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22 de Mayo de 2017





martes, mayo 16, 2017

Guardia de cine: reseña a «El halcón maltés»

Título original: «The Maltese Falcon». EEUU. 1941. Film noir. Blanco y negro. 100 min. Director: John Huston. Guión: John Huston, basándose en la novela de Dashiell Hammett. Elenco: Humphrey Bogart, Mary Astor, Gladys George, Peter Lorre, Sidney Greenstreet

«El halcón maltés» de Huston es considerada, por justicia, la primera película del género film noir por derecho propio

Una sola escena, en reluciente blanco y negro, es la clave: un detective, duro y frío, es abordado en su oficina por una turbadora femme fatale. Es la imagen arquetípica y trillada del acervo cinematográfico y cultural dedicado al género negro; incluso aquellos que hemos tratado de jugar en la división literaria de la investigación detectivesca hemos pecado y plagiado, detallando con nuestras absurdas palabras a lo largo de textos vergonzantes, esos dos personajes condenados a encontrarse. Algo tiene; una fuerza hipnótica irresistible; y «El halcón maltés» da comienzo con esa simple escena y no con ninguna otra.

La considerada como la primera película negra seria, es la tercera adaptación al cine de la obra homónima del autor norteamericano Dashiell Hammet, publicada por entregas a finales de 1929 en la revista pulp Black Mask. El relato fascinó al joven hijo de Jacob Wilk, productor de la Warner, quien no dudó a la hora de hacerse con los derechos antes que nadie.

El afirmar que las dos anteriores adaptaciones se inspiraban en la novela de Hammet es decir mucho, pues en nada se parecen en cuanto a argumento y contenido, siendo ambas piezas prescindibles de la serie B; pero no dejaba de ser una historia interesante, sobre todo para el guionista John Huston quien, por contrato, tenía derecho a dirigir una película para la Warner y optó por llevar «El halcón maltés» de nuevo a las salas.

Fiel a la obra literaria, Huston revolucionó a la Warner señoreando el guión y el storyboard, algo nada común en la época. Se creía con el suficiente poder como para ser un pequeño dios en el estudio, tanto como para negarse a aceptar como protagonista a la estrella de la productora que protagonizaba todas las películas de gángsters y criminales: George Raft. Huston no se entendía con Raft y el actor odiaba al novato director, pero no sabemos si tanto como odiaba a Humphrey Bogart, pues logró que lo despidieran pocas semanas antes de correr como la pólvora la novedad de la filmación de «El halcón maltés».

Huston seguía en sus trece y sabía que Raft se negaría a interpretar el papel del detective Sam Spade; y los productores de la Warner, sabiendo que Raft no tardaría mucho en ahorcarse el solito con la soga de su creciente fama, hicieron con él un “intercambio de cromos”, cambiándolo por Henry Fonda, que hasta entonces dormía entre los cojines de la Fox.

Con un problema menos entre las lustrosas manos, Huston hizo que regresara Bogart, sobre todo por el bien de éste último.

La historia de «El halcón maltés» es considerada, como ya hemos adelantado anteriormente, la primera del género film noir o el título con el que arranca la época dorada de este tipo de producciones, que abandonan la ridícula categoría de la serie B o de  puro relleno en las sesiones dobles. Aunque Huston no consiguió un presupuesto que la mereciera el calificativo de superproducción (500.000 $ de entonces), pudo contar con la suficiente libertad económica como para aportar a la gran pantalla las ideas que lo catapultarían al firmamento de los directores de Hollywood, así como a Humphrey Bogart, hasta entonces encasillado en papeles de gris secundario en filmes de gángsteres y vaqueros.

«El halcón maltés» sienta las base del género: un cínico y duro detective privado con una relación amor-odio con la autoridad; una chica bonita que se aferra a las rodillas del tipo duro implorando su ayuda mientras le susurra, entre sollozos, una historia difícil de creer; y un objeto que todos desean y que tiene cierto valor en vidas humanas, en este caso, el dichoso halcón maltés, un tesoro de los caballeros de la orden de San Juan de Malta que se perdió en un viaje hasta las costas españoles durante el s. XVI y que ha ido dando tumbos tan alegre por toda la geografía europea y cambiando continuamente de manos con el paso de los siglos.

Aparte de la ansiedad que nos produce el querer saber cómo se resolverá el embrollo criminal, Bogart aporta a su papel un elemento de cinismo, misoginia y crueldad que nos resultará incluso simpático: al poco de conocerlo sabemos que tiene un affaire amoroso con la esposa de su socio, cuyo cuerpo aún está caliente en la morgue, y veremos cómo dirige su negocio, algo digno de alabanza y aplauso, y se mueve entre pistolas, acusaciones de asesinato y mentiras de las más variopintas, sobreviviendo con una buena dosis de falta de rubor a la hora de ir cogiendo billetes de carteras ajenas.

Los rostros de los actores que rodean a Bogart nos son conocidos y salvo por Ingrid Bergman (que a poco es fichada para ser la femme fatale en «El halcón maltés»), todos repetirían en «Casablanca», siendo que es este filme el que sirve de debut, a sus 61 años, para Sydney Greenstreet, en su papel de Kasper Gutman, con el que obtuvo el Oscar al mejor actor secundario.

Es una excelente película dotada de un rabioso guión, nada que le impidiera ser nominada y merecedora de tres Oscar, pero no podemos apartar la mirada y callarnos la boca respecto a la existencia de escenas descuadradas para el espectador, quien no sabe a qué asirse, no dejándole otra que molestar al paisano de la butaca de al lado: nos encontramos en el escenario del asesinato de Miles Archer y nos atropellan con la noticia de la muerte violenta del tipo al que la supuesta dulce señorita de pueblo ha contratado a Spade y Archer para que lo vigilaran; y cuando el capitán Jacobi, de La Paloma, entra en el despacho de Spade y se desploma muerto con el halcón en las manos, nosotros no sabemos quién es y qué relación tiene con la trama, siendo el propio Spade quien se lo aclara a su secretaria y al público. Con decir que resulta forzado no nos quedaríamos a gusto.

Como cualquier buena película de la época que se precie, descansa en sus diálogos y en la violencia justa, sin fuegos de artificio ni cartón piedra para dotar de fondos a los escenarios y ser alimento de los actores; un filme que le permitió a Bogart ser cabeza de cartel hasta el día de su muerte.

Lectura de 16 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 758 (Variable). Estratos
  • Termómetro: 19º
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16 de Mayo de 2017





jueves, mayo 11, 2017

«Look Back In Anger», David Bowie



"You know who I am," he said
The speaker was an angel
He coughed and shook his crumpled wings
Closed his eyes and moved his lips
"It's time we should be going"

(Waiting so long, I've been waiting so, waiting so)
Look back in anger, 
driven by the night
Till you come
(Waiting so long, I've been waiting so, waiting so)
Look back in anger, 
see it in my eyes
Till you come

No one seemed to hear him
So he leafed through a magazine
And, yawning, rubbed the sleep away
Very sane he seemed to me

(Waiting so long, I've been waiting so, waiting so)
Look back in anger, 
driven by the night
Till you come
(Waiting so long, I've been waiting so, waiting so)
Look back in anger, 
feel it in my voice
Till you come

(Waiting so long, ahhh...)
(Waiting so long, I've been waiting so, waiting so) 
[repeat ad inf.]

Lectura de 11 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 737 (Viento-Lluvia). Encapotado
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martes, mayo 09, 2017

Guardia de literatura: reseña a «La sombra del águila», de Arturo Pérez-Reverte

Alfaguara Bolsillo
Santillana SA, Madrid. 1996
151 págs.
ISBN: 84-204-2903-1
Con excesiva y reiterativa sorna y guasa (marca de la casa), Pérez Reverte escribe una novela corta, divertida y cruda acerca de la guerra y la condición humana

Nadie como Arturo Pérez-Reverte para escribir una historia tan divertida y cruda sobre la guerra y la condición humana, sin importar siquiera el contexto. Un relato que se publicaría por entregas en el Suplemento de El País, allá en el lejano año 1993, firmado por un autor en activo como reportero y en vísperas de cubrir uno de los conflictos más brutales vividos en la Vieja Europa tras la segunda guerra mundial: el desmembramiento traumático de la Yugoslavia del mariscal Tito en distintos países antagonistas y enfermizamente carcomidos por el odio mutuo y una fe ciega en el genocidio. Con Pérez-Reverte en Bosnia aprendimos que los suelos en las guerras modernas están sembrados de cristales rotos.

Con el colapso de la URSS y el fin declarado de la Guerra Fría, Yugoslavia, probablemente, supuso la última oportunidad para una raza especial de reporteros que se plantaban entre las ruinas recién formadas por un bombardeo y grababan sus crónicas al son de los morteros y la Muerte, siempre presente, siempre desagradable a los sentidos; para aquellos hombres y mujeres que vivían por transmitir la noticia, mostrar el horror de la humanidad a la humanidad entera, los últimos chicos, los últimos locos con pase de prensa de esa extirpe condenada, la de los Miguel de la Cuadra Salcedo y Manu Leguineche.

Arturo Pérez-Reverte, al escribir «La sombra del águila», no imaginó la guerra: la había vivido, sentido y escuchado. Ha sido testigo de lo mejor y lo peor del ser humano en una situación tan límite, desesperada y familiar. Se ha encontrado de frente con el lobo para el hombre, con la violencia como única medida de defensa de la Naturaleza contra nuestros genes, para hacernos frente. El conocimiento de Pérez-Reverte es pleno, pero no solo sabe de guerra, sino también de la Historia, asignatura pendiente de los españoles por culpa de la adormidera que tanto nos gusta, conscientes de que estamos sobrados de capítulos mal entendidos. Por todo ello, nadie como él para taladrar el alma con la relación de hechos del Pasado y sentimientos a través de una herida abierta y purulenta.

«La sombra del águila», con excesiva sorna y guasa, bastante reiterativa pero marca de la casa (el Enano esto, el petit cabrón aquello, Popof por aquí, Popof por allá, etc.), recoge las desventuras del 2º Batallón del 326º Regimiento de Línea del Imperio napoleónico durante la batalla de Sbodonovo (1812). Un batallón compuesto por españoles hechos prisioneros tras el 2 de mayo de 1808 en Dinamarca y a los que no se les dio a elegir otra cosa que chupar presidio en Hamburgo o batir el cobre por la gloria de Francia en la campaña de Rusia. Pocos fueron los que no prefirieron la miseria del soldado en los caminos de Europa al encierro, pero el capitán García y sus hombres tenían sus propios planes, ajenos a la Providencia y a los del Emperador, que, en resumidas cuentas, eran los de desertar y pasarse a los rusos cuando mejor se pusiera la cosa. Para poner en práctica su sesuda evasión no tienen mejor día que en el que acontece la batalla de Sbodonovo, con los cañones zaristas haciendo su flanco picadillo para la merienda. Las granadas caen sobre sus cabezas como gotas de lluvia durante un día de vendaval, pero los españoles no cejan en su avance para regocijo del estado mayor de Napoleón, donde confunden la disimulada deserción bajo un fuego de mil demonios con un acto de estéril y honorable valentía, pues nadie apuesta un chelín por el 2º Bón. del 326º; un acto que incluso llegar a emocionar a Bonaparte.

Sin embargo, el Destino y los dioses antiguos de las obras de Plauto gustan de burlarse de los hombres, se deleitan contrariándolos, enfureciéndolos, mintiéndolos y diezmándolos ante las armas enemigas; por ello, al final, la deserción no se consumará y, a cambio y como chufla final, el batallón serán mencionado en el orden del día y el capitán García recibirá una Legión de Honor en la misma plaza del Kremlin.

La historia es divertida, ágil, como contada al albur de una hoguera o de una cerveza recién servida, pero con abuso de fórmulas humorísticas y “poniendo voces”. Además, el lector se confundirá respecto al narrador, pues salta de la primera persona a la tercera de forma continua, causando altibajos que podrían haberse solucionado habiendo pasado el texto íntegro a una única voz y proporcionando un cabo seguro desde la primera página, sin tener que sufrir un lento periodo de “aprendizaje” con el paso de los capítulos.

Y si hay algo que sobra es el capítulo de Napoleón en Elba. Esto, seguro.

Cómo escritor de épica, Pérez-Reverte es capaz de ponernos la piel de gallina en dos ocasiones bien definidas. La primera es en la calles de Sbodonovo, haciendo frente a la carga de caballería cosaca: la descripción de la humareda de pólvora que va cubriendo caballos, hombres, sables y bayonetas; el automatismo de las órdenes de carga y disparo de los oficiales españoles; todo ello crea un cuadro homérico que nos traslada la desesperación de los protagonistas por salir de aquella ratonera con vida, tragando saliva y cojones. La segunda ya es en el capítulo final, en 1814, cuando unos despojos vagabundos atraviesan la frontera por Irún; son solo unas sombras entre los cientos que combatieron allá en Rusia, unos fantasmas mal cubiertos con andrajos, tanto por fuera como por dentro, que regresan a un hogar que, quizá, ya no les pertenezca.

«La sombra del águila» es una declaración del propio Pérez-Reverte por sobrepasar los libros de texto, aunando Literatura e Historia a pie de calle; un destello primerizo que brota de su mente y bilis y que conservar, a día de hoy, toda su intensidad.

Lectura de 9 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 748 (Viento-Lluvia). Encapotado
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lunes, mayo 08, 2017

Mi nuevo libro: «Marcianos. Volumen primero»

Estimad@s amig@s:

No puedo esperar hasta la fecha en la que os suelo remitir el resumen de publicaciones para daros a conocer mi último “hijo”, mi undécima obra publicada, que es una recopilación de cinco relatos de ciencia-ficción con los que trato de homenajear a varios de los grandes del género que brillaron con intensidad durante el pasado s. XX. No he tenido mejor idea que titular una serie de volumen bajo el genérico «Marcianos», como guiño a Ray Bradbury, aunque hay lugar para muchos más.

Confío en que este proyecto, que nació de un momento de bloqueo durante los primeros meses de 2016, sea de vuestro interés y os hagáis eco del mismo.

Gracias y un saludo! 



Reseña de la obra

Una primera recopilación de cinco relatos de ciencia-ficción con las que el autor Javier Yuste pretende homenajear a varios de los escritores más afamados del género durante el s. XX

Un exiliado en Marte rememora el último sábado que pasó en la Tierra. Dos niños son los custodios de un tesoro de incalculable valor escondido en la trastienda de una librería abandonada. Una visión distópica para un planeta olvidado, a merced de la voluntad de uno de sus escasos e inconscientes habitantes. La primera novela escrita por un marciano que se edita en la Tierra contiene extraños mensajes que mutan según quién los lea. Una informal entrevista entre un abogado y un nazi que cambiará el rumbo de la carrera espacial. 

Estas son las historias escritas por Javier Yuste que contiene Marcianos en su primer volumen recopilatorio, abriendo la puerta a una ucronía en la que el Ser humano ha llegado a la Luna en 1955 y la Guerra Fría amenaza con perturbar la Colonia internacional de Marte. Relatos de los que germinarán otros que poblarán futuras compilaciones y que homenajean a los grandes autores de la ciencia-ficción del s. XX, algunos de los cuales se cuelan incluso entre las páginas de este libro adoptando el rol de personajes secundarios. Bienvenidos a un Pasado diferente.

Detalles de la obra
Tapa blanda: 220 páginas
Editor: Createspace Independent Publishing Platform; Edición: Primera (5 de mayo de 2017)
Colección: Marcianos
Idioma: Español
ISBN-10: 1544050380
ISBN-13: 978-1544050386

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Lectura de 8 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



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